Borde costero en la región de Antofagasta, en busca de sensaciones y sabores

Diciembre 7, 2017  Por Sebastian Abeliuk
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A diferencia de la zona interior de la II Región, la franja marítima que conecta Mejillones por el norte, y Tal Tal por el sur, cuenta con algo más que sabrosa gastronomía marina y buenas playas. La posibilidad de navegar en un yate, ver una puesta de sol en una caleta de pescadores semivacía, y recorrer monumentos nacionales en pueblos que parecían destinados al olvido, son parte de lo que pueden encontrar los turistas. Texto: Sebastian Abeliuk/ Fotos: Marisa Polenta


Dejamos atrás Paranal, el principal observatorio astronómico de nuestro país, con el convencimiento de que el universo se observa mejor desde Chile. El cielo azul luce radiante desde los 2.640 metros de altura, tanto así que las nubes que cubren el mar están más abajo que nuestros pies. El viaje que iniciamos hacia Tal Tal es una muestra inequívoca de los contrastes en clima y paisaje de la Región de Antofagasta. El desierto de Atacama no es un manto infinito de sequedad. Muy por el contrario, su esencia es la poesía natural que nos sorprende en cada uno de sus rincones con sus versos.

A medida que el bus zigzaguea en dirección sur por la Ruta 1, la Cordillera de la Costa se eleva imponente y pronunciada a mano izquierda. En las faldas de los cerros crecen cactus y otras formas de vegetación, marcando diferencia con el interior de la II Región. Por la derecha, los roqueríos y el mar demuestran su bravura.

Comenzamos la jornada en Tal Tal con un almuerzo en el restobar El Rincón de Horwatt (Calle Esmeralda Nº455), un lugar en el borde costero cuya decoración sobria y amplias ventanas permiten disfrutar de una linda vista al mar. Ubicado a 306 kilómetros al sur de Antofagasta, y a 137 de Chañaral, los visitantes llegan hasta este destino con pocas expectativas, un hecho que sin duda ayuda a sorprenderse con los atractivos que ofrecen Tal Tal y sus alrededores.

Para entender el Tal Tal de hoy, hay que introducirse en su pasado y en quienes fueron sus antepasados, los Changos, indígenas que vivieron aquí hace siglos y se desplazaban por el litoral. Fueron pescadores, navegantes y excelentes nadadores. María José, nuestra guía de Kamanchaka Eco Tour (www.kamanchakaecotour.cl), nos comenta que los españoles les pusieron ese nombre en el siglo XVII debido a sus características faciales toscas y poco atractivas, además de su baja estatura.

No tardamos mucho en llegar al centro neurálgico de Tal Tal, la Plaza de Armas, un lugar que, si es mirado desde las alturas, imita la figura de la bandera inglesa. Llama la atención lo verde y frondoso de su vegetación arbórea que contrasta con el fondo desértico. En su centro, una fuente de agua es resguardada por cuatro querubines. Cuenta la leyenda que quienes los miran a los ojos volverán en reiteradas ocasiones a este pueblo. Veremos si es cierto.

A un costado de la plaza encontramos una de las edificaciones más características de Tal Tal, el Teatro Alhambra, declarado Monumento Nacional el 2009. Construido en 1921 en Pino Oregón por el italiano Rainiero Perucci, cuenta hoy con una galería, un anfiteatro, una platea y un palco que nada tienen que envidiar a los teatros que existen en Santiago. Al entrar, sentimos y percibimos un dejo de nostalgia por lo vibrante que debió ser en antaño. Si bien hoy no se realizan obras y presentaciones aquí, sí se preserva de excelente forma.   

En calle Arturo Prat, en otro de los costados de la plaza, observamos la pintoresca Iglesia San Francisco Javier, de color damasco y que abrió sus puertas en 1845 como capilla. La tragedia la envolvió en 2007 cuando un incendio la consumió por completo en menos de media hora. Pasaron casi 6 años hasta que se reconstruyó de forma casi idéntica, para felicidad de los taltalinos y visitantes.

PLAYA CIFUNCHO, CALETA DE PESCADORES Y BALNEARIO

Ya al atardecer, seguimos rumbo al sur. Treinta y dos kilómetros separan Tal Tal de Cifuncho, que dicen está en el circuito de las playas aptas para el baño más lindas de Chile. Al bajar del bus, nos deslizamos de forma suave por una colina de arena. Hacia nuestra derecha, la playa se muestra solitaria. En el extremo izquierdo, en cambio, hay una pequeña caleta de pescadores. También hay un grupo de personas escuchando música y comiendo bajo un toldo que los protege del sol. No tardamos en sacar la cámara, en disparar una y otra vez. Y es que la luz de la tarde, los cerros desérticos, el reflejo anaranjado del sol en la espuma del mar, y los botes pesqueros que flotan calmos, nos encandilan.

Congrio colorado, corvina y erizo, entre otras delicias del mar, pueden ser degustadas aquí.

Nos dirigimos pronto hacia Moreconti, un restaurante de pescados y mariscos que acaba de inaugurar, y que entrega una buena alternativa gastronómica al turismo que llega hasta esta caleta de pescadores. Congrio colorado, corvina y erizo, entre otras delicias del mar, pueden ser degustadas aquí. Cuando anochece, abordamos el bus. La próxima parada es la Mano del Desierto, donde nos espera un espectáculo estelar.


 

NAVEGANDO POR LA BAHÍA DE MEJILLONES

Arribamos a Mejillones directamente en su muelle que se ubica a un costado de la Capitanía de Puerto, que hoy ocupa su espacio en un palacio de hermosa fachada blanca de dos pisos ubicado junto a la playa. Construido en 1910 y de arquitectura neoclásica inglesa y un toque victoriano, es sin dudas el edificio más hermoso de esta ciudad.

Mejillones es también una ciudad industrial, y eso lo percibimos cuando observamos a la distancia enormes fábricas pesqueras y ligadas al sector minero, además de termoeléctricas.

Nosotros nos subimos al zodiac que nos transporta en menos de 5 minutos hacia un yate perteneciente a la empresa Ocean Adventure Antofagasta que está diseñado para la pesca deportiva en altamar. En él haremos un paseo de hora y media hacia Punta Angamos, un cabo ubicado en la Península de Mejillones que se recuerda por ser el lugar donde se capturó al Monitor Huáscar durante la Guerra del Pacífico, aquel 8 de octubre de 1879.

Una vez en cubierta, descubrimos el interior del yate. En la planta baja sorprende un pequeño salón con un bar y una habitación que cuenta con una cama. En la zona superior se encuentra el puente de mando, donde el capitán enseña los instrumentos que permiten medir la profundidad del mar en un punto determinado y la velocidad de la embarcación. También hay un lugar con espacio para ubicar tres personas sentadas, siendo éste el sitio con las vistas más privilegiadas a bordo. En la proa, unos colchones permiten el descanso de al menos dos personas.

Mientras navegamos vemos la avifauna del sector. Abundan las gaviotas. También nos comenta el capitán que existe la posibilidad de ver ballenas y delfines. No tenemos tanta suerte esta vez, pero sí observamos decenas de lobos marinos. Algunos de ellos descansan sobre las boyas, otros nadan y asoman sus cabezas sobre la superficie. Llama profundamente la atención la tranquilidad de las aguas a medida que avanzamos. La bahía está protegida de los vientos y las mareas por la península de Angamos. Más adelante, al llegar a aguas abiertas, la situación cambia radicalmente. Comienzan los oleajes más intensos y el viento. Aparecen también las loberas en los roqueríos que sobresalen. Allí conviven aves, lobos marinos y algunos pingüinos.

Al regresar, el yate navega más cerca de la orilla, lo que nos permite observar algunas playas desérticas cuyas aguas menos profundas son de color turquesa. La más admirada es Punta Rieles, a la cual se puede acceder en vehículo a través de un camino pavimentado desde Mejillones. La visita a esta ciudad costera la culminamos en el Casino con un rico almuerzo de apañado frito con puré, uno de los pescados más populares de esta región. Al caer la tarde, nos trasladamos raudamente hacia el aeropuerto de Antofagasta, no sin antes admirar los trenes de carga que parecen de juguete en la mitad del desierto y que se mimetizan con sus colores.











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