Publicado en Revista Enfoque 66, noviembre 2011.-
A sabiendas de que la mayoría de los lectores simplemente ignora columnas relacionadas con la regionalización, opté por un encabezado que atrajera la atención hasta de los menos interesados en el empoderamiento de las regiones. En vez de convencer a los lectores de la necesidad de promover más regionalización, quiero explicar por qué la insuficiente descentralización contribuye a la incapacidad que ha tenido Chile para alcanzar el desarrollo.
Dado el modelo exportador basado en materias primas que ha privilegiado Chile, parece obvio que el desarrollo nacional depende del desarrollo de las regiones. Uno de los principales problemas asociados con el modelo exportador es el desigual desarrollo en los sectores productivos que exportan (minería, forestal, industria vitivinícola) y los sectores rezagados que sólo dependen del consumo interno. Como resulta difícil introducir competitividad e innovación a los sectores no involucrados en exportaciones, la globalización termina profundizando los ya altos niveles de desigualdad que existen en el país.
Por cierto, una indesmentible evidencia de la desigualdad que alimenta el modelo exportador está en el rezago que existe en las regiones. Curiosamente, la desigualdad que existe entre Santiago y las regiones no aparece en la lista de síntomas ni es sindicada como una de las causas de la obstinada desigualdad que se perpetúa en nuestro país. Como ocurre en otros ámbitos de la desigualdad, aquellos beneficiados por la disímil distribución de la riqueza tienen pocos incentivos para cambiar el statu quo de la estructura social y económica.
En los últimos diez años —periodo en que la Revista Enfoque ha constituido un valiente esfuerzo por avanzar la descentralización en los medios de comunicación—la desigualdad en la distribución del poder político entre Santiago y regiones se ha profundizado. Pese a las promesas realizadas por gobierno y oposición para avanzar en descentralización, se ha consolidado el poder de Santiago. Como ocurre en otros ámbitos de la economía, el fenómeno de concentración de los mercados y reducción en el número de actores también se ha extendido a las instancias de poder político y ha proliferado incluso en las instituciones del Estado.
No hay muchas razones para estar satisfechos con los avances en regionalización en esta última década. Pero si hay buenas razones para creer que el difícil desafío de convertir a Chile en un país desarrollado tiene en la regionalización un aliado natural.
Es cierto que Chile tomó pasos decididos para la descentralización, con la elección de concejales —e indirectamente de alcaldes— en 1992 y la elección directa de alcaldes a partir de 2004. La creación de nuevas regiones —ya vamos en 15— también puede contarse entre los avances. Lentamente, los Consejos Regionales (COREs) se han ido consolidando como instancias de poder real que limitan a los otrora todopoderosos Intendentes. Pero como los recursos los administra el ejecutivo, el balance de poder sigue siendo fuertemente más favorable a Santiago que a las capitales regionales. La anunciada elección directa de los COREs —que inicialmente fue prometida para 2004 y que nuevamente se vio frustrada en 2008— pudiera convertirse en realidad en 2012 (aunque a menos de un año de que deban realizarse, el proyecto de ley aún avanza con lentitud en el Congreso). Aunque no se elija directamente al Intendente —que seguirá siendo nombrado por el Presidente y representará al gobierno central en cada Región— es fácil anticipar que los partidos tendrán sus candidatos privilegiados en cada región y que el más votado ejercerá como presidente del CORE y asumirá el rol de máxima autoridad democráticamente electa en cada región. Pero claro, mientras no se elijan democráticamente, los COREs seguirán teniendo un paso menor en la estructura política del país.
No hay muchas razones para estar satisfechos con los avances en regionalización en esta última década. Pero si hay buenas razones para creer que el difícil desafío de convertir a Chile en un país desarrollado tiene en la regionalización un aliado natural. Mientras más avancemos en regionalizar, más cerca estaremos de ese difícil sueño de convertir a Chile en el primer país industrializado de América Latina.
