El año 2011 comenzó con las revueltas árabes. Los cables de Wikileaks y las redes sociales hicieron irresistible que una serie de dirigentes populistas, que habían ejercido el poder por décadas, mantuvieran una caricaturesca opulencia luego que esta quedara a la vista de sus paupérrimos ciudadanos. Las mismas redes sociales donde ellos accedieron a las imágenes de los excesos de sus líderes sirvieron para coordinar convocatorias a las protestas para derribarlos uno a uno. La eficiencia de estas masivas "conversaciones publicadas" como herramienta de comunicación y coordinación comenzó a ser aprovechada por grupos de "indignados" que estaban al margen de las fiestas de consumo de los países desarrollados. España, Israel y el barrio neoyorquino de Wall Street fueron invadidos por la protesta. Y Chile, con las manifestaciones estudiantiles. Las redes sociales fueron mucho más que un eficiente sistema de coordinación: su capacidad para instalar en la conversación general temas sin tener que pasar por el peaje de medios masivos tradicionales demasiado comprensivos con los tiempos del poder. Manuel Castells explicó que el verdadero poder de los medios estaba en las realidades que no publicaban.
El estudiante que creía que tenía un problema personal por estar muy endeudado después de egresar de una carrera que no le aportaba nada a su futuro profesional, y el deudor que vivía agobiado por pagos mensuales que se eternizaban como resultado de atrasos en la cancelación de un electrodoméstico, se dieron cuenta que había miles sufriendo el mismo problema. Un engaño masivo que los medios no habían informado les mostraba que lo que creían un problema personal en realidad era un problema social que merecía ser enfrentado por el mismo Estado que había permitido el abuso. Hay que entender que la clave de las redes sociales no pasa por lo tecnológico-Internet o la telefonía móvil.
"Lo verdaderamente revolucionario es la red de conversaciones sociales publicadas que se establece entre multitudes de ciudadanos anónimos. Analistas consideran que el surgimiento de las redes sociales es un fenómeno que sólo puede ser comparado por su impacto con la imprenta".
Lo verdaderamente revolucionario es la red de conversaciones sociales publicadas que se establece entre multitudes de ciudadanos anónimos. Analistas consideran que el surgimiento de las redes sociales es un fenómeno que sólo puede ser comparado por su impacto con la imprenta. La escritura hizo que la comunicación dejara de ser evanescente y local y se extendiera en el tiempo y el espacio. Luego, el invento de Gutemberg hizo que los mensajes pudieran multiplicarse y masificarse, y ahora las redes sociales permitieron que esas audiencias masivas se empoderaran y pudieran, gracias a acciones como compartir o valorar, realizar conversaciones publicadas que también se distribuían masivamente. Facebook hizo que las redes se universalizaran, Twitter que esta conversación se diera en directo y los teléfonos inteligentes nos conectaron para siempre a estos nuevos espacios.
Los analistas dicen que en la megatendencia del siglo que comenzó es creciente el empoderamiento de la gente gracias a los celulares. Una primera consecuencia de este proceso es que el mundo será un entorno cada vez más incómodo para autócratas maníacos del control informativo. Lo que viene será un mundo más transparente donde se hará más fácil enfrentar tanto abusos como discriminaciones.
Hay tal entusiasmo con el efecto de este contexto que aparecen voces que se dejan llevar por el vértigo de este empoderamiento colectivo y concluyen que se hará innecesaria toda forma de intermediación. Algunos creen que la suma de los bloggers hará irrelevantes el periodismo de las redacciones robustas. Apuesto por la idea del bloguero Mathew Ingram que plantea que no hay que ver esto como un "nosotros contra ellos", entre el sistema tradicional de medios y la inteligencia colectiva agregada de los nuevos empoderados informadores amateurs. En esa misma línea algunos sostienen que al tener a los ciudadanos permanentemente en línea dejarán cesantes a los desprestigiados políticos como intermediarios. Esas apuestas tienen algo de seguir en la protesta callejera permanente.
Soy de los que apuesto por la capacidad de algunos medios de canalizar la creciente participación de sus audiencias y potenciarse con la participación de ellas al tratarlas como usuarios. En esa misma línea me parece mejor la situación donde las instituciones políticas tradicionales puedan reinventarse en el contexto de esta nueva forma de comunicación desarrollando formas de mediación menos rígida. En palabras del filósofo español Daniel Innerarity, no tenemos por qué elegir entre la masa de aficionados y el experto que hasta ahora ha facilitado la selección de opciones; podemos trabajar con ambos, y una mediación menos rígida me parece un camino más inteligente que reemplazar nuestra democracia por las asambleas permanentes de una política en directo.
