La cima

Sin lugar a dudas, este pueblo nos sorprendió tanto que se convirtió en nuestro lugar favorito del recorrido. Un verdadero imperdible para quienes quieren conocer la mágica Patagonia chilena.

Siempre he dicho que la mejor forma de conocer un lugar es perdiéndose en él. Con Myles estábamos en Futaleufú –un pueblo con cerca de seis calles a la redonda en medio de paisajes patagónicos, en los que se incluyen montañas y ríos turquesas– cuando decidimos tomar un camino al azar que nos llevó a la cima de la Piedra del Águila, el mejor lugar para hacer un picnic de película.

Estábamos en el sur de Chile, por lo que pronosticar el clima era imposible. Allí, en un día puede llover con frío, luego sale un sol radiante y un par de minutos después hay un viento insoportable. Todo eso hizo que me resfriara, pero aún cuando mis energías estaban debilitadas, estaba ansiosa por saber qué había a los alrededores de ese pequeño pueblo.

Comenzamos nuestra caminata hacia el lado noroeste de Futaleufú, por un camino que parecía no tener dirección exacta ni final. A tan sólo veinte minutos del pueblo nos encontramos con un mirador en el que se veía, desde las alturas, el Espolón, un caudaloso río de aguas turquesas que hacen contraste con las montañas coloridas y su verde vegetación. El día había amanecido nublado, pero apostábamos a que el sol saldría cuando encontráramos el lugar perfecto.

Caminamos bordeando el río durante dos horas, hasta que unos argentinos nos recomendaron desviarnos a un lugar llamado Piedra del Águila. Decidimos hacerles caso mientras apreciábamos la inmensidad del lugar. Troncos caídos, riachuelos en praderas llenas de vacas, cabras y ovejas libres formaban un verdadero paraíso para los amantes de la naturaleza y un auténtico espectáculo para mi pasión fotográfica.

Tras una hora más de ascenso llegamos a una piedra que evidentemente tenía forma de águila. No podía ser otra. A medida que nos íbamos acercando nos dimos cuenta de lo peligroso que era llegar a la cima. Carteles a su alrededor como “evite subir”, “peligro” o “sea cuidadoso” evidenciaban el real riesgo del lugar. Sin embargo, ya estábamos en lo que podrían ser los hombros del águila y la vista era inigualable. Frente a nosotros podíamos ver el lago Espolón, el cual reflejaba el cielo que repentinamente había esclarecido, con perfectas nubes que hacían del paisaje un cuadro surreal.

Myles no dudó en subir hasta la verdadera cima, mientras yo sentía un vértigo que me obligaba a cerrar los ojos de nervio. La piedra era tan delgada en ese punto que podías ver los dos lados del acantilado. Esa cima me pareció aterradoramente peligrosa, pero magníficamente impactante. La naturaleza se apoderaba de cada espacio y nosotros nos sentíamos pequeñísimos frente a esa inmensidad. Decidimos hacer nuestro picnic en ese lugar y el cielo nos regaló los mejores minutos de sol para descansar, sacar fotos y disfrutar del paisaje.

Habíamos recorrido buena parte del sur y nuestro camino no se acababa ahí. Pero, sin lugar a dudas, Futaleufú nos sorprendió y se convirtió en nuestro lugar favorito del recorrido. Un verdadero imperdible para quienes quieren conocer la mágica Patagonia chilena.

Autor: Camila Da Silva

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