Crimen y Castigo en el paraíso PerdidoPatagonia: la Tierra del destierro

Reconocido hoy como un destino turístico privilegiado a nivel mundial, el sur de Chile y Argentina fue por siglos la estación del olvido para los desterrados que alguna vez la historia oficial quiso ocultar. Entre el hielo, la nieve, las distancias infinitas y la soledad de este frío desierto, miles de presidiarios, disidentes políticos y aborígenes perseguidos lucharon por sobrevivir.

por Guillermo Canales
en Viajes
el Lunes, 04 Enero 2010

Hambre. Cientos de bocas que alimentar y ninguna luz de esperanza en la tierra más hostil que pie humano hubiera pisado jamás. Pedro Sarmiento de Gamboa, siguiendo el mandato de su majestad el rey Felipe II, había hace sólo un par de meses fundado dos poblados en la orilla del Estrecho de Magallanes, apenas dos puntos en la inmensidad de la ignota Patagonia, y ya se hacía sentir el trágico destino que la fortuna tenía reservados a él y a sus desesperados colonos. Corrían los primeros días de 1584, y la corona española ya tenía clara conciencia del valor estratégico del traicionero y serpenteante brazo de mar que unía al Atlántico y el Pacífico, y en un mundo de fe y determinación impensables en estos días, poco costó encontrar gente dispuesta a forjar nuevos destinos en tierras dibujadas en los mapas entre monstruos marinos y aborígenes que dejaban gigantescas huellas en la nieve.

Los míticos patagones, envueltos en capas de guanaco y hábiles en el uso de la boleadora, el arco y la flecha, no resultaron ser los gigantes invencibles descritos por los cronistas de la expedición de Magallanes, quien surcó estos mares en 1520, pero sí un pueblo lo suficientemente belicoso como para hostigar permanentemente a los a esas alturas ya desesperados colonos. Los tehuelche habían logrado adaptarse exitosamente a las frías estepas, al hielo, el viento y la nieve, extrayendo recursos y alimento de las fuentes más impensadas. Para los españoles, sin embargo, la cosa no iba a ser tan fácil. Los cultivos de trigo y otros cereales fracasaron, los víveres y suministros se agotaban rápidamente, y los hombres de Sarmiento no lograban domar los elementos como para extraer alimento del mar o de las pampas. La centolla, un manjar digno de las mejores mesas, era visto por los colonos como una gigantesca araña de mar, provocando más miedo que apetito. El guanaco y el ñandú, veloces habitantes de las pampas patagónicas y pieza favorita para los hábiles cazadores tehuelche, resultaban casi inalcanzables para los recién llegados. Con darwiniana determinación, la escasa adaptabilidad fue pasando la cuenta a los peninsulares, y poco a poco fueron cayendo víctimas del frío y la falta de alimento.

No está claro cómo transcurrieron los últimos meses en las aldeas Rey Don Felipe y Nombre de Jesús, pero entre las crónicas de la época, y en narraciones de sobrevivientes recogidos por corsarios ingleses y holandeses, se mezclan historias de sufrimiento extremo, abandono, e incluso episodios de canibalismo. En el lugar donde alguna vez los españoles intentaron construir un mundo nuevo, hoy conocido como Puerto del Hambre, excavaciones arqueológicas recientes demostraron que entre las causas de muerte se repetía, quizá con demasiada y escalofriante frecuencia, el uso de armas de fuego, abriendo con esto una ventana a las más sangrientas teorías sobre los últimos días de la frágil colonia, envuelta probablemente en el velo de la locura y la desesperación.

Sandy Point

Trescientos años más tarde, el general Bulnes enviaba a un grupo de chilotes, a bordo de la goleta Ancud, a concretar la hazaña en la que habían fracasado trágicamente los de Puerto del Hambre. Ignorando los fatales vestigios de la experiencia anterior, o quizá intentando burlar la marca de sufrimiento del lugar, hombres y mujeres se instalaron primero a escasos kilómetros de las antiguas fundaciones españolas, levantando una empalizada, con cárcel e iglesia incluidas, bautizada como Fuerte Bulnes en honor de quien en esos momentos, desde la confortabilidad de su despacho, dirigía los destinos del joven Estado chileno.

Convertida a poco nacer en colonia penal, Punta Arenas, bautizada como Sandy Point por los marinos ingleses, viviría pronto el más sangruiento capítulo de su historia.

El lugar, marcado por la fatalidad y azotado constantemente por los fuertes vientos patagónicos, demostró al poco tiempo ser poco apropiado para la vida humana, resolviéndose el traslado de la incipiente ciudadela hasta el sector bautizado por los navegantes ingleses como Sandy Point, y que traducido a lengua castiza dio nombre a lo que hoy conocemos como Punta Arenas. Aún en nuestros días, Fuerte Bulnes vive alternativos momentos de abandono y resurrección, y aunque no sea probablemente el mayor punto de interés para quienes visitan la región, es sin duda un elemento importante para tomarle el peso a lo que significó colonizar este rincón del planeta.

A pesar del desprecio con que marinos y científicos extranjeros habían descrito y analizado el extremo sur del continente, se sabía del interés de naciones como Inglaterra y Francia por controlar el Estrecho; se hacía necesario entonces dotar a la naciente colonia con fuerzas militares capaces de defender los intereses chilenos en el fin del mundo. Los ‘favorecidos’ con la destinación no eran, por cierto, tropas de elite, y entre rostros patibularios y fieros se retrataba el pasado pendenciero y rebelde de soldados, clases y oficiales. Convertida a poco de nacer en colonia penal, Punta Arenas viviría pronto el más sangriento capítulo de su historia, episodio que dejaría grabado a fuego el nombre de José Miguel Cambiazo en la historia magallánica.

Después de ascender rápidamente desde soldado raso a oficial, un joven y altivo militar daba un decisivo paso en su carrera, al participar, uniformado y orgulloso, en las reuniones y marchas de la Sociedad de la Igualdad, movimiento de vanguardia que para 1850 agitaba las nunca tranquilas calles de Santiago y otras ciudades. Indisciplinado y rebelde, José Miguel Cambiazo sería trasladado a Punta Arenas, colonia que poco tiempo después recibiría como relegados y condenados a decenas de compatriotas encarcelados tras el fracaso de la revolución. Con esos ingredientes, el cóctel no podía ser más explosivo: tomando el control de las tropas, Cambiazo ordena apresar al cura párroco de la colonia y al propio gobernador, el capitán de fragata Benjamín Muñoz Gamero. Fusilado y quemado junto al religioso en la plaza que hoy lleva su nombre, el oficial de la Armada sería solo una más de las víctimas del sangriento motín. Junto con asaltar uno a uno a los veleros que confiadamente cruzaban por el Estrecho, Cambiazo sometía mediante el terror a los colonos de Punta Arenas. Dos de ellos, sin embargo, lograrían huir por la costa hasta alcanzar un bergantín chileno, con el que llevarían la noticia hasta Valparaíso. En esos días, el gobierno dictaba una amnistía para los revolucionarios del ’51, decreto que a instancias de la monarquía inglesa excluía expresamente a Cambiazo y sus cómplices, culpables de haber saqueado una nave británica en las costas australes. De inmediato zarpan hacia el sur dos naves de guerra chilenas dispuestas a capturar al despiadado oficial, quien huye en una pequeña embarcación por la costa atlántica. Es capturado mientras buscaba alcanzar el puerto de Montevideo, para ser entonces trasladado a Chile. Con la mirada altiva y siempre desafiante, Cambiazo enfrentó el pelotón de fusilamiento en el Cerro Cárcel de Valparaíso, llevándose por delante a decenas de infortunados colonos y navegantes, y llevando también a la tumba el secreto de un fabuloso botín en oro y plata, tesoro que para algunos está enterrado en algún lugar de la Patagonia, y que para la historia oficial fue ‘confiscado’ por el gobierno inglés tras la captura del amotinado. A medio camino, entre la realidad y el mito, Cambiazo es hoy un elemento más en el mágico mapa de la Patagonia histórica. Un hito sangriento, sin duda, aunque para el escritor y periodista magallánico Carlos Vega, autor del libro ‘El juicio a Cambiazo’, no debe considerarse el cruento motín como un simple hecho policial: “Era un soldado díscolo pero inteligente, que pasó de soldado raso a capitán. Fue alumno de Ignacio Domeyko, era experto en química y ventrílocuo”. Se trataba, en suma, de uno más de los frutos de una época turbulenta y a la vez iluminada. Era, como tantos otros militares de la época, capaz tanto de las mayores crueldades como de abrazar fervientemente las causas de la libertad y la igualdad.

Vendiendo la Patagonia

El mítico tesoro de Cambiazo puede haberse perdido para siempre, como puede perfectamente no ser real. Sin embargo, todo niño magallánico soñó alguna vez con encontrar el botín de guerra del sangriento motín. Por décadas, Magallanes también soñó con dejar de ser visitada sólo por piratas, temerarios aventureros y buscadores de fortuna, y ese deseo parece hoy estar haciéndose realidad: Prácticamente en todo estudio especializado, la Patagonia chilena aparece entre los Top Five como destino preferido por viajeros de todos los rincones del globo, sobre todo entre quienes buscan soledad, paisajes inimaginables y un medio ambiente aún casi inalterado. La oferta en ese sentido es amplia, y el listado de sitios de interés, rutas y actividades es casi infinito. Desde la pesca deportiva en los lagos de Tierra del Fuego, hasta el avistamiento de ballenas en el parque Francisco Coloane, pasando por las eternas y majestuosas Torres del Paine y algunos de los senderos de trekking más atractivos del planeta, Magallanes lidera el esfuerzo de las autoridades nacionales de turismo por quedarse con un trozo de la torta que hace ya varias décadas lograron armar en la orilla atlántica del cono sur. Argentina, como señalan las propias autoridades de Sernatur, lleva una buena ventaja en el trabajo de ‘vender’ la Patagonia como destino turístico no tradicional, y más de alguna vez el turista extranjero se sorprende al descubrir que en realidad son dos los países que comparten el mítico territorio.

Reconocido hoy como un destino turístico privilegiado a nivel mundial, el sur de Chile y Argentina fue por siglos la estación del olvido para los desterrados que alguna vez la historia oficial quiso ocultar.

Una de las formas de vender el destino turístico Patagonia, y donde los atlánticos llevan también la ventaja, es sacar partido a la historia y pasado de su territorio, por amargo y trágico que este sea. Según comenta María Eugenia Olguín, directora regional de Sernatur Magallanes, Argentina ha salido a competir sabiendo que cuenta relativamente con menos atractivos naturales que la Patagonia chilena, por lo que ha optado por potenciar también la leyenda y el trasfondo histórico que desde hace siglos envuelve al mítico territorio.

Así, en Ushuaia, desde la orilla argentina del canal Beagle, entienden muy bien como sacar partido a la historia, aun cuando el pasado tenga cierto sabor amargo. Los fríos calabozos y pasillos de la centenaria cárcel de la ciudad, hoy convertida en museo y punto de atracción para visitantes de todo el mundo, parecen todavía cargar con la desolación de miles de presidiarios condenados al gélido destierro en el fin del mundo. Desde asesinos en serie hasta anarquistas, desde adolescentes marcados por la miseria hasta el propio Carlos Gardel, los registros del presidio fueguino guardan historias de abandono, de condena y redención dignas de ser leídas, contadas y discutidas. La estancia de Gardel en el penal, negada por algunos y reafirmada por otros, es parte de los mitos y secretos que las paredes de la cárcel más austral del mundo guardan como parte de sus tesoros. Según relata el escritor Carlos Vega, Gardel habría iniciado en el penal de Ushuaia su carrera artística, deleitando a presos y gendarmes con sus dotes de payador: “Aparentemente, los motivos de su condena tenían que ver con líos de faldas y de política, aunque otros señalan que habría actuado de ‘campana’ en un sangriento asalto en Buenos Aires”, comenta.

Como esta, historias y leyendas surgen por miles de los calabozos de Ushuaia. Pascualini, famoso y temerario pirata de Punta Arenas, fue contactado a principios del siglo XX por oscuros agentes revolucionarios para ofrecerle una misión casi suicida: rescatar al anarquista ruso Simón Radowisky, preso en el austral presidio tras haber ‘liquidado’ de un bombazo al temible coronel Falcón, conocido por su dureza y abusos de poder como jefe de la policía argentina. Tras disfrazarse de Gendarme, y de pasear tranquilamente por las heladas calles de la colonia penal, Radowisky se alejaba para ir al encuentro de su salvador, el pirata napolitano-magallánico que le conduciría a la libertad. Tras navegar por los canales australes, el velero de Pascualini logró subir a bordo al joven revolucionario, fugado hacía algunas horas del penal y a esas alturas buscado intensamente. Puestas sobre aviso, las autoridades chilenas detienen a Radowisky y a su pintoresco ‘guía turístico’ italiano apenas desembarcan en Agua Fresca, a unos 30 kilómetros de Punta Arenas. Devuelto al lúgubre presidio de Ushuaia, Radowisky vive tranquilamente las próximas décadas, dedicándose incluso a recibir y guiar a las visitas y periodistas que llegaban a la cárcel. Indultado por el gobierno argentino tras la presión de los movimientos sociales de la época, el anarquista ruso viaja a España, donde combate junto a las fuerzas republicanas en la guerra civil de 1936. Ahí se le pierde la pista, hasta que en los años sesenta, en el funeral de un anciano dirigente sindical de Ciudad de México, uno de los deudos revela el misterio: Dirigentes y trabajadores sepultaban en esos momentos a Simón Radowisky. El asesino de Falcón, el fugado de Ushuaia, el combatiente de la Guerra Civil Española, dejaba descansar al fin sus huesos en tierra mexicana. El otro protagonista de esta historia, Pascualini, enfrentó la prisión y los maltratos en Magallanes, defendiendo casi cínicamente su teoría de haber simplemente transportado un pasajero más por los canales australes. Liberado, el temerario navegante napolitano vuelve a recorrer los más ocultos rincones de los mares patagónicos, hasta que también se le pierde la pista. En uno de sus relatos, Francisco Coloane dice haber visto a Pascualini por última vez bajando de una goleta cerca de Isla Navarino. Armando una vela con los remos de su chalupa y una frazada, Pascualini se habría perdido de vista mascullando a la distancia palabrejas dignas de todo buen pirata napolitano.

Canoeros del Fin del Mundo

Como Pascualini, los piratas australes no son los únicos navegantes perdidos en el tiempo. Desde el Golfo de Reloncaví al sur, los Chono, Caucahue, Kaweskar y Yámana vieron sus tranquilos canales y fiordos pronto llenarse de aventureros sedientos de oro, madera, y de pieles de lobo y nutria que los aborígenes australes utilizaron por siglos sólo para sobrevivir. Alcoholizados, perseguidos y maltratados, los canoeros del sur chileno vivieron también el destierro dentro de su propio territorio, cuando los jesuitas primero, y los salesianos después, intentaron rescatarles del exterminio creando Misiones en distintas islas australes. Cristianizados, vestidos a la manera occidental con ropas no impermeables, contagiados con bacterias inofensivas para el resto, pero mortales para ellos, los indígenas australes vivieron pronto un remedio peor que la enfermedad, y poco a poco fueron cayendo víctimas del contacto con el ‘hombre blanco’. A mediados del siglo XVIII, los jesuitas reunían en islas Huar, Chaulinec y Cailín a los últimos Chono y Cacucahue, quienes terminarían por mezclarse con la población local y desaparecer. Diezmados y acorralados, los últimos Yámana y sus descendientes se agrupan hoy en Ukika y otros sectores aledaños a Puerto Williams, mientras que los Kaweskar, pueblo nómada que dominó con maestría los peligrosos mares australes, hoy sobreviven en Punta Arenas y en la pequeña localidad de Puerto Edén (Jetarkté). Hacia fines del 1800, los salesianos habían intentado agrupar y proteger a los sobrevivientes de esta etnia en Dawson, isla patagónica que cien años más tarde volvería a hacerse tristemente célebre con los desterrados por el gobierno militar de Pinochet.
La misión jesuítica de San Rafael, como las experiencias anteriores de cristianización y sedentarismo forzado, terminó también en fracaso, sobreviviendo apenas algunas mujeres y niños Kaweskar a las enfermedades y nostalgia por volver al mar.

Hoy en día, distintas empresas de turismo ofrecen la Ruta Kaweskar y otras alternativas de navegación, por los canales que alguna vez surcaron libremente los indómitos canoeros australes. Al mismo tiempo, como fantasmas, el golpe de los remos y la estela de las dalcas y chalupas desparecen poco a poco entre las olas, mientras en tierra firme se escucha, de vez en cuando, el antiguo eco de los lamentos, arengas y rezos desesperados.

En las ruinas de Rey Don Felipe, entre las empalizadas de Fuerte Bulnes, entre los barrotes y muros del presidio de Ushuaia, la memoria trágica de la Patagonia vuelve a alzar la voz entre el rugir del viento, invitando a conocer y revivir en carne propia los capítulos más oscuros y desconocido

Guillermo Canales

Guillermo Canales

Licenciado en Comunicación Social con estudios de postgrados en Antropología y Pisicología, Guillermo Canales Domich trabaja desde hace una década en proyectos de cine, televisión y comunicación estratégica, destacando además como colaborador de revista Enfoque y el diario El Insular de Chiloé. En la actualidad es director del canal de televisión de Puerto Montt Canal del Sur.

2 comentarios

  • Enlace comentario Guillermo Gaete Morales, (52 Años) Electricista 27 de Septiembre del 2011 Publicado por Guillermo Gaete Morales, (52 Años) Electricista

    La patagonia tiene mas de cien millones de historias que hay que recopilar, cada hombre que viajo por ahi, cada familia que habito aqui, cada hombre que trabajo aqui y que no sabe contar su historia, particularmente yo trabaje solo 4 años en un barco muy particular, dibujando mapas conoci cavernas gigantescas, loverias en mil lugares, barcos semihundidos como el "Santa Leonor" o el "Leoninas" a los cuales incluso ingrese para activar un faro instalado a bordo de ellos, fotografie en Cabo de Hornos la "Ola" mas grande que he visto de frente (mas de 9 metros de altura) , la selva patagonica inpenetrable no me dejo avanzar 10 metros en otro lugar donde habia una caverna, maravillosa vista desde el bote, se poso frente a mi un aguila en una saliente rocosa donde habia llegado en helicoptero y se entretuvo mirandome 1 hora por lo menos, a sido la experiencia mas fascinante de mi existencia, hay momentos que los recuerdo plenamente tienen sabor, olor, frio, incluso un dia anote 145 Km. por hora de viento, miles de cascadas desde lagunas maravillosas entre los cerros, chubascos a cada momento colores inolvidables y el gigantesco albatros que se pierden entre las olas sinsiquiera mover una sola vez sus gigantescas alas

    CLOAKING
  • Enlace comentario Vina 12 de Enero del 2012 Publicado por Vina

    Your story was really informative, tnakhs!

    CLOAKING

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