Cansado y en el límite de sus fuerzas, Cacique Mulato volvió a las pampas magallánicas masticando una nueva derrota, esta vez no a manos de los soldados chilenos ni de los grandes estancieros. El último líder tehuelche de las estepas australes regresaba con la amargura de haber vivido en carne propia la indiferencia de las autoridades nacionales ante el drama de su pueblo. Aplastados entre Chile y Argentina, los Aonikenk o Tehuelches del sur caían presas del hambre y la persecución, sintiendo como día a día se hacía más evidente que los amplios horizontes se estrechaban en forma de fronteras y alambrados. Marcando su último viaje con el signo de la tragedia, Cacique Mulato traía también desde Santiago de Chile las enfermedades del hombre blanco, los virus contra los que su pueblo no tenía defensa, y que meses después terminarían por llevar a la tumba a prácticamente todo su clan.
De los grandes tolderíos, de los jinetes montando orgullosos lanza en ristre, para comienzos del siglo XX no quedaban sino vagos recuerdos, lejanos vestigios de un pueblo que sólo algunas décadas atrás había puesto en jaque la colonización magallánica matando al gobernador Bernardo Philippi. Lejano se ve también el Estrecho de Magallanes desde el punto del largo camino que hoy comienzo a recorrer, a orillas del lago Musters, casi mil quinientos kilómetros al norte de Punta Arenas y en plena pampa argentina. Más de un siglo y medio ha pasado desde que el aventurero inglés, en cuyo honor se bautizó esta enorme cuenca lacustre, salió desde la colonia penal puntarenense junto a una familia tehuelche para adentrarse en la terra incógnita. Musters fue uno de los primeros europeos en recorrer las infinitas pampas patagónicas de sur a norte, adentrándose en el territorio de los indomables Aonikenk y Gennakenk, ramas de la cultura tehuelche que poblaron respectivamente lo que hoy conocemos como las provincias argentinas de Santa Cruz y Chubut, para llegar finalmente hasta los tolderíos de Sayhueque, cacique mapuche del Neuquén que entre sus vastos dominios contaba también con el tributo y obediencia de estos nómades australes.
150 años después.
En su travesía de sur a norte Musters debió afrontar peligros tan grandes, que la aventura terminó por reducir su clan adoptivo a sólo un puñado de sobrevivientes. En sentido inverso, y 150 años después, recorro un camino bastante menos azaroso, con asfalto en toda la vía y poblados cada dos o tres horas. El paisaje, de horizontes enormes y planicies que destilan tristeza, debe sin embargo ser más o menos el mismo de aquella época, aunque al menos para mí resulta bastante difícil sentir la soledad: en cada pueblo, en cada estación de servicio, hay un chileno dispuesto a recordar los años que lleva ganándose el pan en las tierras de los Kirchner. Ancud, Maullín, Chile Chico y Calbuco son nombres que se repiten en boca del vendedor de nafta, de la señora que prepara los sándwiches de milanesa y del tipo que parcha neumáticos en la gomería. Se trata de chilenos trasplantados en busca de un mejor destino, que salieron del país hace ya varias décadas, confiados en que Argentina siempre tendrá suficiente para dar de comer a sus hijos, aunque sean adoptivos.
De los grandes tolderíos, de los jinetes tehuelches montando orgullosos lanza en ristre, para comienzos del siglo XX no quedaban sino vagos recuerdos, lejanos vestigios de un pueblo que había puesto en jaque la colonización magallánica.
Siguiendo hacia el sur, la ruta asfaltada me lleva hasta Comodoro Rivadavia, donde puedo por fin ver la inmensidad del Atlántico. En el camino, y al igual que en Chile, una costumbre centenaria llena las bermas de colores e historias, aunque a diferencia de lo que ocurre hacia el Oeste, aquí las animitas no siempre recuerdan accidentes y tragedias carreteras, sino mas bien son levantadas por devotos seguidores de tal o cual personaje de la tradición popular. El gauchito Gil, con sus banderas y ranchitos de intenso color escarlata, y la Difunta Correa, con sus pequeños mausoleos rodeados de cientos de botellas de agua, entregan a los viajeros de estas rutas eternas la protección y esperanza necesarias para enfrentar largas jornadas hacia el horizonte infinito. La vida nunca ha sido fácil en estas tierras, y un poco de fe nunca está de más para enfrentar la vida en la inmensidad de la pampa. Ahora, también ayuda el descubrir enormes reservas de petróleo, el oro negro que ha alimentado la economía del sur argentino en las últimas décadas, y que sirvió también para atraer inmigrantes de todos los rincones. A orillas de la carretera, el suave balancear de los ‘caballitos’ que bombean la riqueza desde el subsuelo me indica el camino hacia Caleta Olivia, capital petrolera que con un imponente y gigantesco minero de metal me recuerda de entrada que esta es tierra de esfuerzo, donde no hay lugar para pequeñeces. Más al sur, enorme es también la soledad de la pampa, hasta llegar a la bahía de San Julián, sitio histórico en el que los más grandes viajeros pasaron inviernos y capearon tempestades en su camino hacia el fin del mundo. Sin ir más lejos, fue el propio Hernando de Magallanes quien ordenó aquí celebrar la primera misa en tierras patagónicas, y fue también en este rincón del globo donde Antonio Pigafetta, cronista de esta verdadera odisea y extraña mezcla entre periodista y precursor del surrealismo, tendría sus primeros encuentros con los tehuelches, bautizados por él como Patagones, y descritos como enormes seres cuasimitológicos que casi doblaban en altura a los europeos. Lejano está ese largo invierno de 1520, pero sacando provecho a la historia hoy San Julián está muy cerca de convertirse en un importante atractivo turístico del sur americano. Paisajes, fauna marina, arqueología e historia se unen aquí para transformar a este punto de la costa atlántica en destino escogido o pausa refrescante para los más osados viajeros.
Los que se quedaron.
Aunque la Patagonia funciona hoy como un imán para atraer turistas, hay quienes vinieron para quedarse, desde lugares tan lejanos como Gales y Polonia. Otros, como los gallegos, dieron su nombre al río y ciudad del mismo nombre, sólo unos cuantos minutos al norte de Monte Aymond, paso fronterizo que es también puerta de entrada a Tierra del Fuego y Punta Arenas. Un breve descanso en la ruta, y ya Río Gallegos va dibujándose en mi espejo retrovisor. El viaje debe seguir: hace una eternidad crucé la frontera rumbo a la ruta tehuelche, y cientos de kilómetros, dos días y varios sándwiches de milanesa más tarde, estoy de nuevo buscando mis documentos entre boletas, papeles, y billetes arrugados con las caras de Mitre e Ignacio Carrera Pinto. Paso de la ventanilla uno a la dos, de la dos a la tres, y así sigo en orden correlativo buscando timbres y salvoconductos para cruzar una frontera inventada entre dos países que se dicen y suponen hermanos. Demasiado trámite, es cierto, pero pocos kilómetros más al sur, ya en territorio chileno, los campos minados y trincheras me recuerdan que también es cierta la historia de dos pueblos dispuestos a intercambiar balas por tres islotes perdidos en el Beagle. Picton, Lennox, Nueva, que lejanos deben haber sonado esos nombres para los dos militares que gobernaban sus países con mano de hierro a fines de los setenta. Manejando casi con desesperación hacia Punta Arenas, no puedo si no detenerme a la orilla del camino y dejar unos minutos para ver las casamatas y tubos de cemento hoy abandonados en plena pampa, donde los conscriptos chilenos debían esperar bazuca al hombro el rugir de los tanques argentinos.
Aunque la Patagonia funciona hoy como un imán para atraer turistas, hay quienes vinieron para quedarse, desde lugares tan lejanos como Gales y Polonia. Otros, como los gallegos, dieron su nombre al río y ciudad del mismo nombre, sólo unos cuantos minutos al norte de Monte Aymond, paso fronterizo que es también puerta de entrada a Tierra del Fuego y Punta Arenas.
Woodstock patagónico.
El gobernador Philippi, uno de los precursores de la colonización alemana en el sur chileno, dedicó su vida a explorar e investigar la Patagonia, la misma vida que se escurrió rápidamente por las heridas de las lanzas tehuelches en 1852. Un monolito recuerda hoy su nombre, justo en el lugar del trágico encuentro con los nativos, y marcando además el punto del camino en el que es necesario tomar decisiones: hacia el sur, Punta Arenas y sus calles que recuerdan a inmigrantes y aventureros; hacia el este, el cruce hacia la aún indomable y mítica Tierra del Fuego; hacia el norte, los enormes y ahora polémicos Campos de Hielo, con sus dos Parques Nacionales, uno a cada lado del alambrado. Por el lado chileno, los atractivos de la zona de Puerto Natales son innegables, desde la Cueva del Milodón hasta las mundialmente conocidas Torres del Paine. El lado argentino resulta, al menos para mí, mucho más desconocido y motivador para lanzarse mapa arriba en busca de aventuras, y sin pensarlo más ya estoy de nuevo con los trámites de rigor (sí, otra vez) para cruzar la frontera en Cerro Castillo. Pregunto a los casi siempre amables gendarmes por la mejor ruta para viajar pegado a la espina dorsal de los Andes, y sigo devorando kilómetros de soledades rumbo a Calafate.
Sea como sea, el pueblo está repleto. Puerta de entrada al majestuoso glaciar Perito Moreno, y más encima sede por esta semana de uno de los mayores festivales de Rock del sur del mundo, Calafate chorrea gente, idiomas y colores por sus cuatro costados, en su mayoría avezados turistas que reservaron anticipadamente un lugar confortable para dormir. Como buen chileno, sinónimo de capacidad de planificación igual a cero, paso las últimas horas del día buscando casi con desesperación un par de metros cuadrados donde descansar los huesos. Termino en el último de los hostales, compartiendo una habitación de muchas (demasiadas) camas con viajeros de todos los países, colores y olores, pero poco importa, mañana hay que madrugar para conocer los hielos eternos y azules del glaciar más famoso de estos confines. Eso sí, imposible dormir sabiendo que a pocos metros tocan gratis valores como Babasónicos y Divididos, estos últimos, herederos de los legendarios Sumo. Dicho y hecho, me sumo a esta versión gélida de Woodstock descubriendo entre la multitud la más variada muestra de culturas vista antes en la Patagonia. Magallánicos transplantados, nietos de inmigrantes europeos, bonaerenses, se mezclan sin asco con herederos de la tradición tehuelche, de boinas y mantas con característicos diseños geométricos. Eso sí, los nietos de Cacique Mulato hoy usan celular y MP4, toman Fernet- Cola (una argentinísima y muy amarga versión de nuestras piscolas), y se atiborran de choripanes al ritmo de los Divididos, costumbres todas nada de criticables, y que con fines estrictamente antropológicos me dispongo a imitar de inmediato.
Rumbo al norte.
Digo adiós a las enormes e inolvidables masas de hielo del Perito Moreno, a las repletas calles de Calafate, y sigo rumbo al norte por la ruta que bordea los Andes por el lado argentino. Mientras recorro lo que parece ser una interminable lengua de ripio y tierra, no puedo sino recordar al gendarme que en la frontera me aseguró un camino completamente asfaltado. Poseido por un verdadero espíritu de integración o simple romanticismo viajero, no puedo evitar pensar en que alguna vez estos territorios no fueron ni argentinos ni chilenos, en que por cientos y miles de años los tehuelche y sus antepasados dominaron las pampas con lanzas y boleadoras, primero a pie y luego como diestros jinetes. Ahora, cuando los guanacos y ñandúes que se salvaron de la extinción comienzan lentamente a repoblar el sur del mundo, las grandas bandas nómades han dejado de recorrer la pampa infinita buscando un reparo del viento para armar sus tolderíos.
Después de horas y horas de trepar por la espina dorsal americana hacia el norte, no sólo no vemos a los orgullosos Aonikenk envueltos en sus mantas… tampoco vemos autos, ni pueblos, ni casas, ni nada que nos recuerde que no estamos solos en el planeta. Las grandes montañas recortándose en el horizonte, los enormes y silenciosos ríos verdeazul que se desangran lentamente hacia el Atlántico, dan pronto paso a la noche, sin que hayamos visto en todo un día de viaje más que dos o tres vehículos en el camino. Sin embargo, con la oscuridad nos damos cuenta que no estamos solos: junto a un enorme manto de estrellas, que aquí se estira hasta tocar el suelo, pequeñas luces dobles se multiplican para transformarse en cinco, diez, y luego miles de liebres patagónicas encandiladas a nuestro paso. Intentamos no cargar con la muerte de tan nobles cuadrúpedos en nuestras conciencias, pero a medida que avanza la noche asumimos que es inútil tratar de evitarlas, y optamos por acelerar en busca de una luz en el horizonte que nos invite al descanso."Bueno, piénselo, pero le aseguro que aquí no hay nada más", me dice el posadero. Resignados y agotados, nos acomodamos en una habitación e intentamos conciliar el sueño.
Al amanecer, y en una breve excursión por el pueblo, descubro que la expresión ‘no hay nada más’ de nuestro anfitrión no era en absoluto gratuita. Fundado por algún capricho del destino en medio de la más absoluta soledad, Bajo Caracoles es hoy no más que un par de casas y un cuartel de Gendarmería, una calle polvorienta y un generador eléctrico que se apaga religiosamente pasada la medianoche. Este punto en el mapa tiene, sin embargo, una gran virtud: no sólo es la única opción válida cuando se está entre descansar o seguir disminuyendo la población de liebres bajo las ruedas del auto; es también punto de partida para llegar hasta la Cueva de las Manos, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y una impresionante muestra de arte rupestre patagónico. De esta cercanía ha sacado buen partido nuestro hotelero, quien a pesar del chantaje emocional de anoche resulta ser un buen tipo por la mañana. La llegada de turistas, lenta pero segura, le hace ya pensar en ampliarse y mejorar las condiciones de la posada, un negocio que empezó cuando se cansó de trabajar a uno y otro lado de la frontera. ‘Conozco a los indios de acá y de allá’, dice este baqueano de otras épocas, que de tanto pasar hacia Chile terminó dejando un hijo en Cochrane, casado con chilena y con quien de vez en cuando se reúne, emulando la vieja costumbre tehuelche de pasar desde el Atlántico al Pacífico, de las pampas a los bosques australes.
Después de amanecer en Bajo Caracoles, la ruta nos lleva hacia Perito Moreno y Río Mayo, pequeñas y atractivas ciudades en el corazón del Chubut, y verdaderos oasis de interacción humana entre tantas soledades.
Cajeros automáticos.
Después de amanecer en Bajo Caracoles, la ruta nos lleva hacia Perito Moreno y Río Mayo, pequeñas y atractivas ciudades en el corazón del Chubut, y verdaderos oasis de interacción humana entre tantas soledades. Disfrutamos por unos minutos de Internet y cajeros automáticos, verdaderas maravillas de la vida moderna, y ya estamos de nuevo devorando kilómetros hacia Tecka, el fin de una historia salpicada de tragedia, dignidad y olvido. En este punto del mapa nos detenemos a parchar por enésima vez los neumáticos, mientras a nuestro lado un gaucho se queja de que en Tecka ya no hay casi cantinas para beber ni lugares donde juntarse para el Truco, juego de cartas traído hace siglos por los españoles, y verdadero deporte nacional en el sur de Chile y Argentina. Eso sí, aún hay tiempo para practicar con la Taba, juego en el que los dados son reemplazados por huesos marcados de cordero, un pasatiempo probablemente heredado del contacto entre argentinos y tehuelches. En esa relación, lamentablemente, no todo ha sido juego, y eso bien lo saben en Tecka.
Sobre una colina descansan los restos de Inacayal, último gran cacique de los Gennakenk o tehuelches del norte, tomado prisionero por el ejército argentino en su avance hacia el sur y despojado de los más preciados bienes de este legendario pueblo nómada: su libertad y dignidad. Rescatado de la cárcel por Perito Moreno, Inacayal terminó sus días en Buenos Aires, lejos de las pampas australes y sin poder ser sepultado de acuerdo a los ritos de su pueblo. Más de cien años después, los herederos de esta cultura milenaria lograron repatriar los restos del cacique de regreso a Tecka, donde hoy descansan bajo la tierra, la misma tierra que alguna vez tembló bajo el galopar de sus jinetes, la tierra que alguna vez perdieron Inacayal y Cacique Mulato, la misma tierra que ahora se va confundiendo con el horizonte lentamente a mis espaldas.


























