Tierra del FuegoLos cuatro elementos de una isla dividida en dos

Frío, viento, sangre, redención. Aquí no hay espacio para sutilezas, esta es Tierra del Fuego, la gigantesca isla que Chile y Argentina se dividen verticalmente desde hace ya 120 años, y que por siglos no tuvo fronteras para sus primeros habitantes. Un pequeño universo donde el aire, el fuego, el agua y la tierra, se amalgaman para dibujar paisajes extremos.

por Guillermo Canales
en Viajes
el Lunes, 04 Enero 2010

El fuego

Tantas rarezas había visto Hernando de Magallanes desde que partiera de España, que no le extrañó ver sobre esa enorme lengua azul de tierra que se perdía en el horizonte, prenderse uno a uno puntos de luz a medida que iba cayendo la noche austral. Según algunos, lo que el navegante veía era las flamas eternas de los gases que emanaban de los mantos de petróleo en el subsuelo; más probablemente, se trataba de las hogueras con que los nativos lograban luz y calor.

Sin embargo, las preocupaciones de Magallanes eran otras. Después de motines y tormentas, de hambre y sed, había encontrado lo que creía era un paso hacia el otro Océano, un camino hacia los tesoros de las Indias orientales con el que dejaría atrás la miseria y traiciones de esta ya larga expedición.

Fondeando en un recodo del Estrecho que más tarde llevaría su nombre, el portugués despachó en exploración dos naves, la San Antonio y la Concepción, para reafirmar sus esperanzas. Antonio Pigafetta, el cronista que acompañó alrededor del mundo a la expedición, narra así el momento en que se confirmó el hallazgo del paso hacia mar abierto: “Ya cerquísima del fondo del embudo, y dándose por cadáveres todos, avistaron una boca minúscula, que ni boca parece, sino esquina, y hacia allí se abandonaron los abandonados por la esperanza: con lo que descubrieron el estrecho a su pesar... pues, viendo que no era esquina sino paso, adentráronse hasta descubrir una ensenada [...] los dábamos ya nosotros por perdidos: primero, por la tempestad inmensa; después, porque habían transcurrido dos jornadas desde la separación [...]. Hallándonos en cuyos pensamientos, vimos aparecer ambas naos, inflado el velamen, y acercarse batiendo sus banderolas. Ya junto a las nuestras, atronaron muchas bombardas y gritos; después, alineadas las cuatro, dando gracias a Dios y a la Virgen María, avanzamos en busca de más allá”.

Tierra del Fuego estuvo cubierta de hielos por cientos de miles de años. La última glaciación, con el retiro de grandes lenguas de hielo, permitió la formación de un puente por donde pasaron desde el continente los primeros mamíferos, incluido el hombre.

En estas tierras, no sólo Magallanes puede ufanarse del título de descubridor. Siglos después, mientras el resto del mundo trataba de cerrar las heridas de la Segunda Guerra Mundial, en Manantiales abría los fuegos la producción petrolera nacional, que de manos de la empresa petrolera estatal ENAP fue dando vida a pueblos y pequeñas ciudades a lo largo y ancho de la mitad chilena de la isla, algunas tan modernas y pujantes como Cerro Sombrero, con su propio cine, restaurantes, solarium y piscina temperada.

Hoy en día los pozos se han ido secando y la producción trasladando a otros sectores, pero aún arden día y noche los fuegos con que se queman los gases no utilizables. Buena parte del esplendoroso pasado petrolero, eso sí, hoy no es más que cenizas; Manantiales, de primer pozo petrolero pasó luego a ser plaza militar. Otros poblados, cumpliendo con el destino que Tierra del Fuego parece imponer a sus habitantes, cumplen su ciclo de vida que inevitablemente termina en la muerte, a veces rápida y certera, a veces lenta y dolorosa.

El aire

El viento sopla día y noche, acompaña al ovejero en los arreos de ganado, al viajero que se aventura en estas soledades, agita coirones y calafates, y termina finalmente por peinar a su antojo los árboles que intentan alzarse en sus dominios. En el aire, con el ruido del viento pasando entre las lengas y ñires, y si ponemos atención, tal vez podamos escuchar todavía los ecos de un mundo perdido, borrado de un manotazo por la sed de oro de los primeros colonizadores europeos. En el aire, si ponemos atención, tal vez podamos escuchar los balazos con que el rumano Popper y sus hombres practicaban la caza del indio. Los Selknam, bautizados por el hombre blanco como Onas, habían cruzado hacia Tierra del Fuego junto a guanacos y pumas, cuando la isla estaba aún unida al continente por los hielos de la última glaciación. Siglos después, corrían no detrás de estos animales para cazarlos, sino para ser cazados como animales. Cada oreja de indio entregada a terratenientes y estancieros significaba pago según la tarifa del momento, pero pronto se descubrió que algunas almas caritativas sólo mutilaban a los nativos, dejándolos huir desorejados. Fue entonces que el pago por indio muerto se tradujo en la entrega de cabezas o genitales, prueba indesmentible de que el aborigen había dejado de existir.

Los Selknam, bautizados por el hombre blanco como Onas, habían cruzado hacia Tierra del Fuego junto a guanacos y pumas, cuando la isla estaba aún unida al continente. Siglos después, corrían no detrás de estos animales para cazarlos, sino para ser cazados como animales.

Abrumados por el destino que correrían los ‘salvajes’ a la hora de la occidentalización de Tierra del Fuego, misioneros anglicanos llegaron hasta las costas más australes del gigante azul para establecer ahí una suerte de protectorado evangelizador.

Fue así como el reverendo Thomas Bridges estableció en la costa norte del Canal Beagle una Misión que perdura hasta hoy, convertida en museo y aún en manos de sus descendientes. Hay que decir que este misionero inglés tuvo mejor suerte que dos experiencias anteriores, donde los religiosos terminaron muriendo, de hambre y frío unos, y a manos de los canoeros yámanas otros.

Buena suerte tuvo también la misión salesiana de Río Grande, en la costa atlántica de Tierra del Fuego, edificio que sobrevive hasta hoy y que albergó a principios del siglo XX a cientos de indígenas salvados de las matanzas, pero condenados a ver como su cultura se extinguía. Y es que no había nada que hacer, el que no moría por las balas de Popper y sus secuaces, el que no caía cuando trataba de carnear una oveja de los Menéndez para alimentar a su familia, moría contagiado por las enfermedades que los propios misioneros, sin saber, propagaban entre los asilados. Morían también de pena, de nostalgia por las pampas eternas, por las olas y el viento de los canales fueguinos, morían junto a una forma de vida que probablemente nunca entenderemos ni conoceremos a cabalidad. Una cosmovisión tan distinta que sólo podemos acercarnos a ella por chispazos, como cuando hablamos en Usuahia con Ernesto Piana, uno de los científicos que con mayor rigurosidad ha estudiado a las desaparecidas culturas australes. Piana relata una anécdota sobre los indígenas fueguinos que fueron llevados como ganado para ser expuestos en París a fines del siglo XIX: ‘uno de los científicos franceses sacó a pasear a un aborigen por las calles parisinas, mostrándole las maravillas del mundo moderno, los carruajes, luminarias y edificios; al terminar el recorrido, le preguntó que es lo que más le había asombrado, y el indígena no dudó un segundo: lo más increíble de la cultura europea era el valor que daban a los mocos, que los parisinos —en lugar de botar al suelo— guardaban celosamente en algo tan valioso como un trozo de tela’.  Dos mundos distintos, sin duda; dos formas de vida irreconciliables, un choque de universo cuyos ecos, podemos escuchar entre el viento de las pampas y bosques fueguinos.

El Agua

Magallanes no fue el primero ni el último en navegar por las costas de Tierra del Fuego: cientos de años antes, los canoeros fueguinos se atrevieron a llegar incluso hasta el Cabo de Hornos, a bordo de frágiles embarcaciones echas primero de corteza de árbol, y luego de troncos ahuecados.

Bastante valor debieron tener también los que vinieron después de Magallanes, los corsarios ingleses y holandeses como Drake y Van Noort, las expediciones científicas como la del buque francés Romanche al Cabo de Hornos, que recogió invaluable información sobre vientos, mareas, fondos marinos, y también sobre la forma de vida y agonía de la cultura yámana.

Magallanes no fue el primero ni el último en navegar por las costas de Tierra del Fuego: cientos de años antes, los canoeros fueguinos se atrevieron a llegar incluso hasta el Cabo de Hornos, a bordo de frágiles embarcaciones echas primero de corteza de árbol, y luego de troncos ahuecados.

Mención aparte merece la fragata francesa Boudese, que a mediados del 1700 llegó hasta las costas fueguinas como parte de un recorrido alrededor del mundo. Louis Antoine de Bougainville, capitán de la expedición, recuerda en su diario de viaje los amargos y tormentosos días posteriores a un encuentro con los canoeros fueguinos, donde involuntariamente habían provocado la muerte de un niño que se tragó los trozos de vidrio entregados como obsequio: “El día siguiente fue todavía más tormentoso. El viento que soplaba en el canal elevaba remolinos de agua a la altura de las montañas y varias veces muchos corrían al mismo tiempo en direcciones opuestas.

Al mediodía presenciamos el único trueno que habíamos escuchado en el estrecho, ante el cual el viento se levantó con más furia aún que a la mañana. Garramos y estuvimos obligados a fondear el ancla mayor y a arriar las vergas bajas y los masteleros. Hasta el carácter más alegre se pondría mustio en este clima horroroso, del que huyen por igual todos los animales y donde languidece un puñado de hombres que nuestro contacto acababa de hacer aún más infortunados”.

Historias de naufragios, tormentas y sufrimiento, de esas Tierra del Fuego guarda por cientos, dibujadas en sus costas pedregosas. Hacia el interior, sin embargo, las aguas son bastante más dulces: En la parte norte, los ríos Oscar y Del Oro fueron hace cerca de un siglo recorridos de punta a cabo por pirquineros llegados desde todos los rincones de Europa. Aún hoy, al sur de Porvenir, es posible ver las ruinas de las dragas auríferas con que se filtraron las aguas fueguinas en busca del preciado metal. Hoy en día, el vital líquido sigue atrayendo a europeos, y también a norteamericanos, asiáticos y uno que otro chileno audaz y ABC1, pero ya no por el oro, sino por la riqueza de lagos y ríos donde la pesca deportiva es sinónimo de aventura. Eso sí, el visitante debe competir en destreza con un pescador eximio, venido desde Norteamérica hace ya cien años, y que hoy construye diques y represas a fuerza de diente para tener siempre truchas al alcance de la mano. El castor, como especie introducida y sin depredadores naturales, es considerado una plaga y año a año se asigna una cuota para su captura. Pese a todo, es frecuente encontrar ejemplares nadando en los cursos de agua del sur de la Isla Grande.

La Tierra

Tierra del Fuego estuvo cubierta de hielos por cientos de miles de años. La última glaciación, con el retiro de grandes lenguas de hielo, permitió la formación de un puente por donde pasaron desde el continente los primeros mamíferos, incluido el hombre. Se explicaría así la similitud lingüística y cultural entre Selknam (Onas) y Aonikenk (Tehuelches), cultura que pobló el extremo sur del continente. Otra teoría, la del poblamiento americano por tribus navegantes llegadas desde Australia y Tasmania, se refuerza en las similitudes culturales encontradas con los canoeros Yámana (Yaganes) del sur de Tierra del Fuego.
Bajo la tierra, los yacimientos petroleros no dejaron sólo tuberías y edificios abandonados. Detrás de los gasoductos y llamas eternas hay una historia de esfuerzo y fe aún por descubrir.

Sobre la tierra marcan su paso el hielo, el sol, el viento y la nieve, sólo para recordarnos que aquí todo es extremo. Eso sí, de vez en cuando y como un bálsamo para ojos y oídos, encontramos una buena forma de no olvidar jamás Tierra del Fuego: vivir un silencioso y anaranjado atardecer en plena pampa, a pocos metros de la frontera; al otro lado de la alambrada, basta recorrer unos cuantos kilómetros para ver salir el sol por el Atlántico.

Guillermo Canales

Guillermo Canales

Licenciado en Comunicación Social con estudios de postgrados en Antropología y Pisicología, Guillermo Canales Domich trabaja desde hace una década en proyectos de cine, televisión y comunicación estratégica, destacando además como colaborador de revista Enfoque y el diario El Insular de Chiloé. En la actualidad es director del canal de televisión de Puerto Montt Canal del Sur.

1 comentario

  • Enlace comentario Kanishka 12 de Mayo del 2012 Publicado por Kanishka

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    CLOAKING

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