Viaje al corazón de la Reserva Costera Valdiviana

La selva valdiviana es de los primeros bosques que surgieron en la Tierra. Desde hace más de 13 mil años han logrado abrirse paso desde el Maule hasta Aysén, pero la mayor riqueza en biodiversidad la tiene la Región de Los Ríos.  El aunado esfuerzo entre comunidades locales y organizaciones de conservación y de turismo están trabajando para convertir a la Reserva Costera Valdiviana en un destino de turismo sustentable abierto para todo tipo de público.

Por: Jorge Barreno  / Fotografías: Mario Mendoza

 

Escrito por Jorge Barreno
Published in Viajes
el Lunes, 27 Febrero 2012

Antes de viajar a la mítica selva valdiviana le pregunté a mi suegro, de apellido Llancaqueo, que cómo era esa parte del sur de Chile. "Valdivia es la ciudad de las dos estaciones, la primera es el invierno y la segunda es la del tren. Pero la estación de tren ya no funciona...", me dijo. Bien, ¿Lloverá, no lloverá?... Para salir de dudas consulté la útil página gringa 'Accu Weather'. Descubrí que iba a llover todo el viaje. Esa semana caería la misma cantidad de agua que en Arica en 300 años, pero sin ella los bosques simplemente no existirían.

Conscientes de que los bosques autóctonos australes constituyen uno de los ejemplos más destacados de la biodiversidad en el continente americano, los habitantes de la zona y el Sernatur de la Región de Los Ríos llevan varios años promocionando el turismo en la zona, caracterizada por grandes extensiones de selva valdiviana que se conservan prístina y salvaje, con una reducida población humana. Un territorio en el que los paisajes forestales de antaño conviven con culturas indígenas ancestrales, familias de colonos alemanes, animales endémicos y viejas fortalezas coloniales españolas.

Sernatur Los Ríos ha apostado porque el turismo sustentable sea uno de los motores principales de desarrollo en la relativamente reciente región. Para articular este fantástico mosaico de territorios, bosques nativos, lagos, ríos, montañas y litoral se trabaja en la determinación e implementación de una Red Verde de la Región de Los Ríos, aptos para ser recorridos a pie, en bicicleta, a caballo o en embarcación.

En la Reserva Costera Valdiviana hay dos extensas áreas silvestres protegidas, una de carácter público y otra de carácter privado. El nuevo espacio de reciente creación, el Parque Nacional Alerce Costero, y la Reserva Costera Valdiviana, conviven a la perfección en un entorno único que políticos y vecinos quieren preservar por su bien y el de sus hijos.

"Su ubicación cercana a la ciudad de Valdivia lo hacen un espacio de gran interés turístico, complementando el turismo fluvial. Por este motivo es muy importante que como habitantes de la Región de Los Ríos cuidemos este ecosistema, y también que quienes lo visiten tengan la mejor disposición de cuidado y conservación con el medio ambiente", me dice Paulina Steffen Aninat, la Directora Regional de Turismo de la Región de Los Ríos, antes de emprender el viaje a la mítica selva valdiviana.

Comienza el viaje
Bien provistos con la capa de agua que nos regalaron en Sernatur Los Ríos, nos montamos en uno de los tantos pintorescos barcos y barcazas que unen las localidades de Niebla con Corral, ambas separadas por la desembocadura del río Valdivia. En menos de 20 minutos llegamos a Corral, con su fuerte español, la única gran construcción de la zona que sobrevivió al terremoto más grande de la historia de la Humanidad, el que en 1960 desoló Valdivia y destruyó casi por completo a Corral.

Al otro lado del canal nos recibe Rodrigo Pineda, un microempresario dueño de la agencia Buenavista. El corralino es experto en turismo sustentable. Rodrigo nos sube a Mario, el fotógrafo, a Pamela —nuestra guía del Sernatur— y a mí en su todoterreno. Dejamo atrás Corral y en medio de la lluvia divisamos en el medio de la ruta Armando, un profesor de Educación Física de Osorno que viaja en su bicicleta de la Segunda Guerra Mundial, con una pequeña cámara de fotos. Sobre el manillar, lleva una caja de madera donde guarda su saco de dormir y una carpa. Nos regala información útil y una sonrisa de oreja a oreja. Parece feliz. "Voy de Osorno a Panguipulli. Como en bicicleta no se hace nada de ruido he visto harta fauna. Hasta se me metió un picaflor en la carpa y tuve que sacarlo", dice risueño mientras consulta su mapa de ruta. Dejamos que Armando siga su paseo sin hacer ruido y nos montamos de nuevo al 4x4 de Rodrigo.

A los lados dejamos un rebaño de ovejas suffolk, una bandada de gaviotas Franklin, con su vistoso cuello negro, y los resquicios de lo que una vez fue una chimenea para atar ballenas, junto al mirador de Punta Morro Gonzalo. Rodrigo nos cuenta que por aquí pasaban las familias de ballenas hace medio siglo, hasta que dejaron de pasar porque sabían que las iban a matar. Desde hace unos años, y gracias al cese de la caza ballenera, es posible volver a ver orcas en la costa de Corral. El microempresario corralino nos explica que a veces la grasa de estos animales saltaba al abrirlos en canal, con tal fuerza que podía matar a un hombre.

En estos y otros relatos estábamos, cuando llegamos a Chaihuín, una pequeña caleta de 200 habitantes, puerta de entrada de la Reserva Costera Valdiviana. Corría el año 2003 cuando la ONG The Nature Conservancy (TNC) adquirió 60.000 hectáreas de los predios Chaihuín-Venecia, con la ayuda económica de World Wildlife Found (WWC) y otras organizaciones. Desde entonces cambió para siempre el futuro de los bosques que estaban bajo amenaza. Antes de la adquisición, una empresa forestal estaba sustituyendo el bosque nativo por plantaciones de eucaliptos para su posterior explotación. Así con el esfuerzo de TNC en 2005, fue inaugurada como la Reserva Costera Valdiviana un logro que se instaló como un hito de la conservación de esta riqueza natural, iniciativa que contó con el apoyo del Gobierno de Chile.

En busca del alerce milenario
"Tenemos un proyecto piloto de 55 hectáreas de cooperación técnica entre la empresa forestal Masisa, la Universidad de Chile y The Nature Conservancy. La idea es conseguir experiencia para generar un plan de cosecha y restauración de los eucaliptos que aún tenemos plantados y convertirlos en bosque nativo", me dice Alfredo Almonacid de TNC, encargado de la reserva.

"La importancia de los bosques valdivianos es que se encuentran aislados, por el desierto de Atacama al norte, por las cumbres y glaciares de Los Andes al este, por el océano Pacífico al oeste y por la estepa patagónica al sur. Por lo que una de cada tres especies de aves y de animales de la selva valdiviana son endémicos o exclusivos de este tipo de bosques. La Cordillera de la Costa actúa como una barrera que retiene los vientos húmedos que llegan desde el mar, actuando como una esponja y favoreciendo el desarrollo de la vegetación", añade Alfredo.

Tras este importante aprendizaje, el grupo se monta en el todoterreno y se interna en la reserva acompañado de Jeremías, el jefe de los guías comunitarios de Chaihuín. Después de una hora entre plantaciones de eucalipto llegamos al sendero del alerce milenario. Nos internamos en la exuberante selva valdiviana en busca de este monstruo vegetal de 2.500 años de antigüedad.

Jeremías nos explica que el alerce o laguen es una de las especies más longevas del mundo. Crece un centímetro de espesor cada 10 ó 20 años y llega a alcanzar los 50 metros de altura y los 3.600 años de edad. Su nombre latino, Fitzroya Cupressoides, viene de Robert Fitz Roy, el comandante del barco de exploración HS Beagle en el que viajaba su amigo Charles Darwin. En 1976 el alerce andino fue declarado Monumento Nacional. Su comercialización, si el árbol está vivo, está prohibida.

En 2008 el alerce fue declarado en peligro de extinción. Su explotación fue una de las actividades económicas más importantes de Los Ríos desde el siglo XVII al XIX. Se utilizó incluso como moneda de cambio y para medir distancias y el tiempo.

Nuestro guía Jeremías parece una enciclopedia andante. Nos habla del monito de monte, el único marsupial americano. De la quila, una especie de trepadora parecida al bambú que florece cada 50 ó 60 años, y cuyas flores producen una explosión demográfica en roedores. Del 'latúe' o palo de brujo, una planta alucinógena usada por los mapuches para las iniciaciones rituales de los niños. De la Valdivia gayana, una plantita endémica casi desconocida, en riesgo de extinción, que sólo hay en Colún y en Corral. Del tabaco del diablo, de la tepa vieja que cortada huele a caca, del poroto de monte, etc.

De repente, Jeremías advierte: "¡Cuidado, no pises esas plantas infantes, son alerces bebés!". Nos volvemos, un inmenso árbol enmarañado asciende hacia el cielo. Es tan viejo que cuando Jesucristo estaba siendo crucificado el árbol ya tenía varios centenares de años. Alucinados ante tanta naturaleza regresamos al vehículo, para planificar la segunda excursión, esta vez hacia las lagunas y la playa de Colún, con sus dunas de 35 metros de altura.

Así, nos internamos en una plantación de eucalipto olvidada en la que las quilas trepadoras van ganando terreno a los árboles australianos. Empieza a llover fuerte y aceleramos el paso, las vistas de la playa de Colún, de nueve kilómetros de longitud, son espectaculares, aún con el gris plomizo que lo invade todo.

La gente del bosque
En una hora de andada llegamos a la cueva de las vulvas, donde el guía comunitario nos enseña una extraña Valdivia gayana y nos muestra, linterna en mano, unos raros agujeros hechos en la roca arenisca por habitantes antiguos. Se supone que tienen forma de vagina. Unos metros más adelante topamos con una inmensa duna de 35 metros de altura. La intensa lluvia y la arena dificultan el ascenso. Una vez en la cima, un escenario espectacular nos hace olvidar las penurias.

La montaña de arena proveniente del mar avanza lenta pero inoxorable hacia la vegetación. Varios ejemplares de olivillo muerto permanecen carbonizados sobre el manto dorado. La duna se disuelve a orillas del lago Colún, a unos metros del Pacífico.

Es hora de cenar, dos horas de caminata bajo la lluvia nos han dejado exhaustos. Ubicado en el sector de Huape, a un costado del camino que une Corral con Chaihuín, se encuentra Pesca Sur. Este restaurante comunitario, especialista en pescado y en marisco, utiliza siempre productos de la zona que favorecen la producción local. Sus platos fuertes, siempre de estilo casero, son el róbalo, el congrio y el pez sierra, casi siempre acompañados de ensaladas y papas.
Marisa Irene Muñoz es la encargada del establecimiento con forma de barco. "Somos cinco mujeres y nuestros maridos nos suministran la materia prima. Teníamos el sueño de tener un local donde vender nuestros productos, artesanías, mermeladas y conservas. Con suerte nos sacamos dos proyectos. Empezamos a soñar y se nos ocurrió hacer este restaurant en forma de barco pesquero".

La arquitectura del restaurante está basado en un pesquero que llegaba a Chaihuín procedente de Puerto Montt y que trabajó durante muchos años con la gente del sector. Se llamaba Pesca Sur.

El día no puede acabar mejor, celebrando la 'Noche Chaihuiniana', dentro de una carpa saturada de cumbias y rancheras.

Después de una noche pasada por agua nos queda hablar con el personaje más carismático de la zona, 'El Loco Figueroa'. Este adulto mayor vive con su familia en el sector de Cadillal Bajo, a cinco kilómetros de Chaihuín, en una bonita cabaña de madera sin luz, a pesar de que tiene un poste eléctrico en la entrada de su hogar. Hace años que una empresa de la zona prometió electrificar el barrio de Cadillal, pero el proyecto quedó en cuatro palabras y en unos cuantos postes de cemento que ahora se lo están llevando.

'El Loco Figueroa' se dedica a cultivar la tierra, a cuidar de sus vacas, a tallar maderas y a la sorprendente tarea de plantar bonsáis. "En el tema del bonsái hay un desconocimiento en Chile que es impresionante. Voy al cerro y busco los árboles que están incrustrados entre las piedras, o que han quedado empequeñecidos a través del tiempo, y los llevo al macetero. He observado que el alerce y el coigüe son los mejores árboles para trabajarlos como bonsái", manifiesta Jaime Figueroa.

Llama la atención las ganas de aprender que tienen los habitantes de la zona. Uno podría estar días hablando de los bonsáis, de las guerrillas y de la artesanía con Figueroa, pero nos falta charlar con el último protagonista de esta historia. En nuestro Galloper nos dirigimos a la lobería Kamañ Mapu, en dirección a Huiro. Miguel, el padre de familia de una pequeña comunidad wuilliche, nos recibe tímido.

Su mujer y él venden artesanías y hacen tours a una lobería cercana. A veces las ballenas se acercan hasta la costa para comerse de dos en dos a los lobos marinos. Como la mar está picada y sigue lloviendo a cántaros no vemos ni medio lobo. Sin embargo Patricia, la mujer de Miguel, nos prepara una cazuela calentita con sopaipillas y nos sirve una agüita de boldo con cáscara de limón, acompañada de un trozo de kutchen de melocotón.

Da gusto terminar así un viaje, aunque no pare de llover, disfrutando de la naturaleza y de la bondad de la gente.

 

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2 comments

  • Comment Link Juan Hardessen Domingo, 21 de Julio de 2013 22:37 posted by Juan Hardessen

    Muy buen reportaje sobre la marvillosa selva valdiviana y las reserva y parque nacional que se han creado para protegerla. Es positivo saber que el turismo que se ha organizado para dar a conocer este zona es de carácter sustentable, buscando producir el mínimo impacto posible en el medio ambiente.

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  • Comment Link Juan Hardessen Domingo, 21 de Julio de 2013 22:38 posted by Juan Hardessen

    Muy buen reportaje sobre la marvillosa selva valdiviana y las reserva y parque nacional que se han creado para protegerla. Es positivo saber que el turismo que se ha organizado para dar a conocer este zona es de carácter sustentable, buscando producir el mínimo impacto posible en el medio ambiente.

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