¿Por qué una civilización extraterrestre inteligente —esto es, que ha desarrollado tecnología y energía para sobrevivir como especie y viajar por el espacio— no ha visitado nuestro planeta ni se ha contactado con la humanidad?

Recientes investigaciones fijan una masa visible de nuestro entorno en el universo —que cumplió 13.700 millones de años— de dos billones de galaxias en total. Se estima que sólo en la Vía Láctea existen entre 200 y 400 mil millones de estrellas alrededor de las cuales orbitan unos 100 mil millones de planetas. En uno de ellos, la Tierra —que tiene unos 4 500 millones de años— apareció el hombre hace unos 200 mil años.

En febrero de este año se anunció públicamente que un grupo de astrónomos utilizando el telescopio TRAPPIST-Sur, instalado en el Observatorio La Silla; el Very Large Telescope (VLT), en Paranal, y el telescopio espacial Spitzer de la NASA, han descubierto un sistema de siete planetas del tamaño de la Tierra a 40 años luz de distancia. Los científicos aseguran que tres de estos  planetas se encuentran en “zona habitable y podrían albergar océanos de agua en sus superficies”, aumentando la posibilidad de que el sistema pudiese acoger vida.

Todos estos nuevos hallazgos hacen suponer que tan solo en nuestro barrio estelar hay muchos lugares y harto tiempo para que otras especies aparezcan, evolucionen y tomen el control, al menos, de sus mundos. El escritor Arthur C. Clarke, autor de 2001, una odisea del espacio, lo resume así: “existen dos posibilidades: que estemos solos en el universo o que no lo estemos. Ambas son igual de terroríficas”.

LA VIDA EN LA TIERRAha demostrado su tenacidad a toda prueba, enfrentando con éxito impactos de meteoritos, mega erupciones volcánicas, sequías extremas, inundaciones masivas, glaciaciones abrasadoras, acidificación de los océanos y catastróficas turbulencias atmosféricas. O sea, no cuatro sino un batallón de jinetes del Apocalipsis han cabalgado por aquí. Además, desde hace pocos años conocemos microorganismos que superviven en condiciones extremas, que creímos incompatibles con la vida: ambientes sin oxígeno (bacterias en salares del norte de Chile que usan el monóxido de carbono como fuente de calor), sin agua y otros con temperaturas extremas.

Los planetas adecuados para la vida requieren atmósfera, una superficie rocosa y orbitar su estrella —del tipo enana amarilla como nuestro Sol— a una distancia que le permita tener agua líquida, entre otras características. Y aún con períodos de ambientes extremos —como los que atravesó la Tierra— si la vida puede existir, resistir y evolucionar, lo hará.

“El que no hayamos recibido señales no es fácil de explicar. Puede indicar que no hemos rastreado lo suficiente o que las civilizaciones no son tantas o no mantienen interés en comunicarse”, dice el astrónomo chileno José Maza, para quien la vida en otros planetas podría estar compuesta por organismos multicelulares o unicelulares elementales y no por criaturas alienígenas.

Los telescopios actuales —la mayoría de los cuales opera desde Chile— permiten sólo observar aproximadamente un 10% del universo visible. Pero hay una gran expectación en el mundo científico internacional por la gigantesca infraestructura en construcción en el norte de nuestro país, entre ella el Telescopio Europeo Extremadamente Grande (E-ELT, en Antofagasta), el Telescopio Gigante de Magallanes (GMT, en Atacama) y el Gran Telescopio para Rastreos Sinópticos (LSST, en Coquimbo). Científicos como el astrónomo Douglas Geisler, investigador de la  Universidad de Concepción, y el físico Massimo Tarenghi, primer director del observatorio Paranal, ex director del radiotelescopio ALMA y actual asesor de AstroLab, están convencidos de que los megatelescopios chilenos permitirán detectar en las atmósferas de exoplanetas elementos como oxígeno, o incluso gas metano generado por la actividad de seres vivos.

EL ASTRÓNOMO Y PREMIO NACIONAL DE CIENCIAS 1999, José Maza, sostiene que las consecuencias de hallar vida extraterrestre (inteligente o no) dependen de cómo y dónde se descubra: “Si es en un lugar muy apartado, el impacto en la vida cotidiana sería pequeño. Si al contrario, se descubre vida en un lugar cercano (como en la luna Europa, satélite de Júpiter) la ciencia, la filosofía, se podrían ver alteradas… Por vida ET no estoy pensando en las criaturas alienígenas de Hollywood sino en organismos multicelulares o unicelulares elementales. Podrían ser más complejos pero no necesariamente parecidos a los humanos”.

Maza sostiene creer, al igual que Carl Sagan —el gran divulgador científico del siglo XX— que sólo en nuestra Vía Láctea podría haber entre una y un millón de civilizaciones inteligentes. “No han llegado acá posiblemente porque se encuentran a una distancia enorme, incompatible con una visita”, afirma y explica que de acuerdo con la física no es posible viajar más rápido que la velocidad de la luz y si una civilización se encuentra a 100 años/luz, un viaje a la Tierra no se ve factible. “El que no hayamos recibido señales no es fácil de explicar. Puede indicar que no hemos rastreado lo suficiente o que las civilizaciones no son tantas o no mantienen interés en comunicarse”.

El astrónomo reflexiona que otra respuesta es que una civilización existe sólo durante un tiempo: “No hay vida al comienzo, luego aparece en un exoplaneta y más tarde por alguna catástrofe se extingue (o se muere su estrella)”. Esta conclusión del profesor Maza concuerda con la que en 1996 publicó el académico de la Universidad de Oxford Robin Hanson: la teoría del Gran Filtro, que postula que las civilizaciones inteligentes siempre enfrentan una barrera (catástrofes industriales o sociales, guerras, agotamiento de los recursos naturales) que les impide supervivir y colonizar su barrio espacial. Es una respuesta a la llamada “Paradoja de Fermi”—teoría elaborada por los físicos Enrico Fermi y Michael H. Hart en 1950—, que revela la desconcertante contradicción entre la alta probabilidad de que existan civilizaciones extraterrestres y el nulo contacto o evidencia de tales civilizaciones. “¿Dónde están todos?”, exclamó Fermi cuando salió de su reflexión.

El Sol y la Tierra tienen 4 600 millones de años y sólo hace unos pocos millones de años hay vida ‘interesante’ por aquí. Por más de 3 000 millones de años o no hubo vida en la Tierra o era unicelular. Por esto, estadísticamente la mayoría de la vida extraterrestre podría ser unicelular… o plantas, musgos, líquenes, peces, pájaros y reptiles que difícilmente tengan interés en comunicarse con nosotros. Debe haber vida en muchos otros lugares de la Vía Láctea y ciertamente en millones de otras galaxias. Pero las distancias entre un planeta con vida y el otro más cercano pueden ser enormes. Por ello confirmar la existencia de vida fuera de la Tierra puede ser muy difícil… requiere de un gran telescopio, como el E-ELT, que se construye al sur de Antofagasta”-, argumenta el académico.

Recientemente, científicos de la Universidad Estatal de Pensilvania de Estados Unidos concluyeron que no existe evidencia de civilizaciones tecnológicamente avanzadas en nuestro barrio interestelar tras chequear los datos del telescopio espacial WISE (Wide-field Infrared Survey Explorer), obtenidos del rastreo de más de 100 mil galaxias de un total estimado en 100 mil millones (la cifra es de David Kornreich, profesor de la Universidad Estatal de Nueva York). El estudio concluyó que “son galaxias que tienen miles de millones de años de edad, por lo que debería haber bastante tiempo como para que se llenaran de civilizaciones extraterrestres… o no existen o todavía no usan suficiente energía para que las reconozcamos”. Entonces si las civilizaciones intergalácticas inteligentes terminan autodestruyéndose, otra posible —y devastadora— respuesta al hecho de que no hayamos hecho contacto es que simplemente nuestra búsqueda sea errónea: y junto con persistir en el rastreo de vida también debemos buscar huellas y rastros de las que ya desaparecieron, como dióxido de carbono, metano y radiación nuclear.

Una nueva y excitante teoría acaba de publicar en The Astrophysical Journal el investigador Jack Yates de la Universidad de Edimburgo, Escocia, que implica un cambio de mirada  radical: la vida también sería posible en un tipo de estrella fallida, las enanas marrones del tipo Y con un rango de presión y temperatura similar a la de la Tierra; en ellas sobrevivirían microbios y otras especies flotantes. Se calcula que existen unas 10 de estas estrellas en la esfera de 30 años luz alrededor de nuestro Sistema Solar.

El cálculo del astrónomo estadounidense Frank Drake —conocido como “La ecuación de Drake”— entrega una estimación de la cantidad de civilizaciones extraterrestres detectables en la Vía Láctea, considerando los métodos electromagnéticos de detección actuales. El resultado: 3.500 civilizaciones avanzadas tecnológicamente en nuestra galaxia con las cuales podríamos comunicarnos.

En 2010, el astrónomo italiano Claudio Maccone publicó una versión matemáticamente más compleja: la Ecuación de Drake Estadística (SDE), con lo que aumentó a 4 590 la cifra de civilizaciones extraterrestres en la Vía Láctea. Y arrojó otro dato muy interesante: la distancia promedio a la que podríamos encontrar alguna forma de vida inteligente es de 2 670 años/luz de la Tierra. Y hay un 75% de posibilidades de poder encontrar una entre 1 361 y 3 979 años/luz de distancia. La tecnología actual nos permite observar hasta 500 años luz de distancia, espacio en el que según los cálculos de Maccone la posibilidad es casi cero. Las probabilidades aumentan en un espacio de 900 años luz. Es cosa de tiempo.

La astronomía con base en Chile está jugando un rol de primera línea en búsqueda de vida ET. En febrero de este año se anunció que un grupo de astrónomos utilizando el telescopio TRAPPIST-Sur del Observatorio La Silla y el Very Large Telescope (VLT), en Paranal, descubrieron un sistema de siete planetas que podrían albergar océanos de agua en sus superficies.

RECIBIR UNA SEÑAL DELIBERADA de una civilización extraterrestre supondría que sabe que estamos aquí. El contacto remecería nuestra sociedad por sus implicancias morales, científicas y religiosas. Personas muy inteligentes, como el físico inglés Stephen Hawking, se estresan con tal posibilidad: “¿Y si los extraterrestres resultan hostiles? Mejor es escondernos (lo que no alcanzaron a hacer los nativos de América cuando Colón y sus hombres llegaron en 1492)”. Marc Kaufman, editor de The Washington Post, publicó su libro Primer Contacto con el mismo espíritu: “En SETI (el programa ex NASA que rastrea inteligencia extraterrestre con sede en California) suponen que cualquier civilización con la que tuviéramos la suerte de contactar sería inofensiva. No hay evidencia de que esto sea cierto o falso, es sólo lo que ellos creen”.

En el propio SETI hay controversia: Por una parte están los METI (Messaging to Extraterrestrial Intelligences) o Active SETI, que están por mandar mensajes de radio al espacio exterior para contactar. Douglas Vakoch argumenta: “Durante 50 años los astrónomos han apuntado los radiotelescopios hacia las estrellas, buscando señales de otras civilizaciones. Con Active SETI invertimos el proceso transmitiendo intencional y poderosa información hacia otras civilizaciones esperando tener una respuesta”.

Por el otro lado, John Gertz, advierte que la idea de que una hipotética raza extraterrestre científicamente superior sea moralmente benevolente y proclive a ayudar a la humanidad “es infantil y peligrosa. Los intentos de establecer contacto con el fin de buscar hipotéticas civilizaciones extraterrestres pueden ser insensatos, no científicos, potencialmente catastróficos y poco éticos”.

LA TIERRA ENVÍA SEÑALES DE RADIO al espacio desde 1894, cuando Guillermo Marconi hizo la primera transmisión de radio. Desde la Segunda Guerra Mundial las señales son más potentes. Y la NASA envió la canción Across The Universe de The Beatles en 2008, y antes, en 2006  la sonda New Horizons, la Voyager 1 y 2 y Pionner 1 y 2, llevaron música, mapas, mensajes, fisiología humana y nuestra ubicación en la galaxia.

La primera señal específica y deliberada para comunicarnos con otros mundos fue el Mensaje Drake, emitido el 16 de noviembre de 1974, producido por el ya citado profesor F. Drake para conmemorar la remodelación del radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico. Incluye la figura de un ser humano y su altura; la población de la Tierra; su ubicación en el Sistema Solar; los números del uno al diez, los números atómicos del hidrógeno, carbono, nitrógeno, oxígeno y fósforo (componentes de nuestro ADN) y su estructura helicoidal doble. El mensaje de poco más de 3 minutos fue dirigido la Constelación de Hércules, a 25 mil años luz de nuestra Vía Láctea.

En 2001, el astrónomo Aleksandr Zaitsev transmitió mensajes con música popular rusa y de Beethoven y Vivaldi hacia seis estrellas ubicadas a entre 45,9 y 68,5 años/luz de distancia. Y hacia fines de la próxima el exoplaneta Gliese 581 c recibirá una gran cantidad de información de la civilización terrestre organizada en 2008 por compañía británica RDF Digital.

Stephen Hawking eligió el Gliese 832c (en la imagen), una súper Tierra que posee cinco veces la masa de nuestro planeta, que orbita su estrella cada 36 días y que está ubicado a 16 años luz de aquí, como “el más serio candidato a albergar vida ET.”

ATRAVESAMOS UNA ÉPOCA muy estimulante en el que la astronomía y la ciencia espacial protagonizan una actividad que no tenían desde la llegada del hombre a la Luna. Una causa clave son los descubrimientos de planetas fuera del Sistema Solar (han sido confirmados hasta ahora 2 951 y hay otros 2 503 candidatos). En 1995, 51 Pegasi fue llamado “el primer planeta extrasolar descubierto alrededor de una estrella normal” por los astrónomos Michel Mayor y Didier Queloz.

El astrónomo Dante Minniti , profesor del Departamento de Astrofísica de la Universidad Católica, vicepresidente de la Comisión de Planetas Extrasolares de la Unión Astronómica Internacional (UAI), es un activo cazador de exoplanetas: ha participado en el descubrimiento de más de veinte en La Silla. El científico explica que un exoplaneta de tamaño similar a la Tierra, a una distancia relativa a su estrella parecida a la que hay entre nuestro mundo y el Sol, rocoso, con una atmósfera con oxígeno, con agua y con una edad similar, esto es entre 4 400 millones y 4 510 millones de años, no necesariamente debe poseer vida con la variedad similar a la de nuestro planeta: “Hay muchos otros factores, como la arquitectura de su sistema solar, composición química, evolución darwiniana, etc. Estos temas de astrobiología son fascinantes, pero tenemos muchas preguntas y pocas respuestas”. En lo que no tiene dudas es que los megatelescopios que se construyen en Chile permitirán no sólo buscar planetas sino también estudiar y caracterizar mejor los ya descubiertos.

El nuevo impulso que ha tomado la exploración espacial con el interés de empresarios que destinan parte su fortuna o ponen sus compañías a desarrollar tecnologías para viajes interplanetarios —Elon Musk, director ejecutivo de Space X, proyecta llevar humanos a Marte en 2025 y terraformarlos como hito de su plan para colonizarlo—; los robots que hoy navegan por nuestro barrio galáctico —como el Curiosity en Marte—; las iniciativas de turismo y minería espacial y la confirmación de que el poderío de China estan revitalizando la astronáutica.

Stephen Hawking eligió el Gliese 832c, —una súper Tierra que posee cinco veces la masa de nuestro planeta, que orbita su estrella cada 36 días y que está ubicado a 16 años luz de aquí— como el más serio candidato a albergar vida: “Estoy convencido de que no estamos solos. Y ahora, después de toda una vida de preguntas, estoy ayudando a un nuevo esfuerzo global para encontrar vida ET… Un día podríamos recibir una señal procedente de Gliese 832c pero debemos tener cuidado de no responder. Si lo hacemos y son mucho más poderosos que nosotros, podrían darnos el valor que nosotros damos a las bacterias”, advirtió. (E)

 

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