¿Solos en el universo?

Junio 28, 2017  Por Fernando Donoso Astete
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Recientes investigaciones fijan una masa visible de nuestro entorno en el universo —que cumplió 13.700 millones de años— de dos billones de galaxias en total. Se estima que sólo en la Vía Láctea existen entre 200 y 400 mil millones de estrellas alrededor de las cuales orbitan unos 100 mil millones de planetas. En uno de ellos, la Tierra —que tiene unos 4 500 millones de años— apareció el hombre hace unos 200 mil años.

En febrero de este año se anunció públicamente que un grupo de astrónomos utilizando el telescopio TRAPPIST-Sur, instalado en el Observatorio La Silla; el Very Large Telescope (VLT), en Paranal, y el telescopio espacial Spitzer de la NASA, han descubierto un sistema de siete planetas del tamaño de la Tierra a 40 años luz de distancia. Los científicos aseguran que tres de estos  planetas se encuentran en “zona habitable y podrían albergar océanos de agua en sus superficies”, aumentando la posibilidad de que el sistema pudiese acoger vida.

Todos estos nuevos hallazgos hacen suponer que tan solo en nuestro barrio estelar hay muchos lugares y harto tiempo para que otras especies aparezcan, evolucionen y tomen el control, al menos, de sus mundos. El escritor Arthur C. Clarke, autor de 2001, una odisea del espacio, lo resume así: “existen dos posibilidades: que estemos solos en el universo o que no lo estemos. Ambas son igual de terroríficas”.

LA VIDA EN LA TIERRA  ha demostrado su tenacidad a toda prueba, enfrentando con éxito impactos de meteoritos, mega erupciones volcánicas, sequías extremas, inundaciones masivas, glaciaciones abrasadoras, acidificación de los océanos y catastróficas turbulencias atmosféricas. O sea, no cuatro sino un batallón de jinetes del Apocalipsis han cabalgado por aquí. Además, desde hace pocos años conocemos microorganismos que superviven en condiciones extremas, que creímos incompatibles con la vida: ambientes sin oxígeno (bacterias en salares del norte de Chile que usan el monóxido de carbono como fuente de calor), sin agua y otros con temperaturas extremas.

Los planetas adecuados para la vida requieren atmósfera, una superficie rocosa y orbitar su estrella —del tipo enana amarilla como nuestro Sol— a una distancia que le permita tener agua líquida, entre otras características. Y aún con períodos de ambientes extremos —como los que atravesó la Tierra— si la vida puede existir, resistir y evolucionar, lo hará.

Los telescopios actuales —la mayoría de los cuales opera desde Chile— permiten sólo observar aproximadamente un 10% del universo visible. Pero hay una gran expectación en el mundo científico internacional por la gigantesca infraestructura en construcción en el norte de nuestro país, entre ella el Telescopio Europeo Extremadamente Grande (E-ELT, en Antofagasta), el Telescopio Gigante de Magallanes (GMT, en Atacama) y el Gran Telescopio para Rastreos Sinópticos (LSST, en Coquimbo). Científicos como el astrónomo Douglas Geisler, investigador de la  Universidad de Concepción, y el físico Massimo Tarenghi, primer director del observatorio Paranal, ex director del radiotelescopio ALMA y actual asesor de AstroLab, están convencidos de que los megatelescopios chilenos permitirán detectar en las atmósferas de exoplanetas elementos como oxígeno, o incluso gas metano generado por la actividad de seres vivos.

EL ASTRÓNOMO Y PREMIO NACIONAL DE CIENCIAS 1999, José Maza, sostiene que las consecuencias de hallar vida extraterrestre (inteligente o no) dependen de cómo y dónde se descubra: “Si es en un lugar muy apartado, el impacto en la vida cotidiana sería pequeño. Si al contrario, se descubre vida en un lugar cercano (como en la luna Europa, satélite de Júpiter) la ciencia, la filosofía, se podrían ver alteradas… Por vida ET no estoy pensando en las criaturas alienígenas de Hollywood sino en organismos multicelulares o unicelulares elementales. Podrían ser más complejos pero no necesariamente parecidos a los humanos”.

Maza sostiene creer, al igual que Carl Sagan —el gran divulgador científico del siglo XX— que sólo en nuestra Vía Láctea podría haber entre una y un millón de civilizaciones inteligentes. “No han llegado acá posiblemente porque se encuentran a una distancia enorme, incompatible con una visita”, afirma y explica que de acuerdo con la física no es posible viajar más rápido que la velocidad de la luz y si una civilización se encuentra a 100 años/luz, un viaje a la Tierra no se ve factible. “El que no hayamos recibido señales no es fácil de explicar. Puede indicar que no hemos rastreado lo suficiente o que las civilizaciones no son tantas o no mantienen interés en comunicarse”.

El astrónomo reflexiona que otra respuesta es que una civilización existe sólo durante un tiempo: “No hay vida al comienzo, luego aparece en un exoplaneta y más tarde por alguna catástrofe se extingue (o se muere su estrella)”. Esta conclusión del profesor Maza concuerda con la que en 1996 publicó el académico de la Universidad de Oxford Robin Hanson: la teoría del Gran Filtro, que postula que las civilizaciones inteligentes siempre enfrentan una barrera (catástrofes industriales o sociales, guerras, agotamiento de los recursos naturales) que les impide supervivir y colonizar su barrio espacial. Es una respuesta a la llamada “Paradoja de Fermi”—teoría elaborada por los físicos Enrico Fermi y Michael H. Hart en 1950—, que revela la desconcertante contradicción entre la alta probabilidad de que existan civilizaciones extraterrestres y el nulo contacto o evidencia de tales civilizaciones. “¿Dónde están todos?”, exclamó Fermi cuando salió de su reflexión.

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Fernando Donoso Astete
Periodista de la Universidad de Chile, egresado del magíster de Comunicación Empresarial de la Universidad Diego Portales (UDP).









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