Una de las más excepcionales y audaces proezas marineras de supervivencia y rescate que consignan los anales de la Antártica chilena, le ocurrió a la expedición inglesa de sir Ernest Shackleton, cuya tripulación de su buque el “Endurance” quedó atrapada en los hielos al naufragar estrepitosamente, siendo rescatada heroicamente por tripulantes de la Armada de Chile comandada por el piloto 2° Luis Antonio Pardo, a bordo del navío Yelcho, un 30 de agosto de 1916. A 100 años del rescate, recreamos sus historias.

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Sir Ernest Shackleton

Ungido a comienzos del siglo XX como héroe popular y veterano de las exploraciones antárticas, icono de uno de los imperios y potencias navales más poderosas en la historia de la humanidad, sir Ernest Shackleton probablemente nunca pensó que debería recurrir a la ayuda de una pequeña nación sudamericana para salvar su prestigio y la vida de sus hombres. Pero allí estaba, en la naciente ciudad de Punta Arenas, a punto de abordar un navío de borda baja, escasas comodidades y aún menos equipamiento, dispuesto a zarpar rumbo al continente antártico para jugar la última carta en el azaroso periplo que había comenzado hacía ya más de dos años, y que tenía ahora a buena parte de sus acompañantes atrapados en una remota isla semicongelada. La expedición que buscó llenar de gloria al imperio británico había terminado mal, y ahora la vida de Shackleton y sus hombres estaba en manos de un anónimo oficial de la Armada chilena.

Era el 25 de agosto de 1916, y no había tiempo que perder.  Las órdenes eran perentorias; y fue así como de un momento a otro, el piloto 2° Luis Antonio Pardo dejó el navío al que estaba asignado y se embarcó a bordo de la Yelcho, una escampavía que a pesar de su simpleza se mantenía en mejores condiciones que el resto de las naves destinadas a patrullar la zona de los mares australes con base en Punta Arenas. Se sabía de antemano que el camino no sería fácil y que las probabilidades de éxito no eran muchas. Se encontraban en pleno invierno antártico, y quizá por eso la Armada quiso apostar por la combinación de una tripulación aguerrida, un navío capaz de soportar las peores tormentas, y la pericia de un piloto que a pesar de haber nacido en Santiago mostraba un talento innato para leer los mares y los vientos. La historia demostraría más tarde que más que una apuesta, se comenzaba aquí a escribir una leyenda.

Ya al mando de la Yelcho, el piloto Pardo zarpó de Punta Arenas sabiendo que cada día contaba como la vida de un hombre, y que una mala decisión podía terminar con el navío obligando a volver la proa rumbo al lugar de origen, o peor aún, con tripulación y barco encallados en una roca o hundidos en lo más profundo del mar de Drake.

Nacido en 1882, Pardo había ingresado el año 1900 a la Escuela de Pilotines, creada por el Gobierno para formar oficiales de marina mercante y pilotos de rutas y faenas domésticas para la Armada, una carrera que tenía un rumbo muy distinto al de la gallardía de los buques de guerra o a la gloria de los combates navales. Sin embargo, el destino le abría a Pardo ahora la oportunidad de escribir de puño y letra su nombre en las páginas de la historia.

El panorama, sin embargo, no era muy alentador. El almirante Muñoz Hurtado había elegido a la Yelcho por lo fogueado de sus marineros, pero una segunda lectura podría hacer pensar que enviar a esta escampavía rumbo a los mares antárticos en pleno invierno era poco menos que un suicidio. La Yelcho no tenía equipo de radio para comunicarse con la base en caso de accidentes, y al no contar con doble casco se exponía a que el choque con un témpano transformara la incipiente odisea en un naufragio seguro. El pequeño barco tampoco tenía calefacción o sistema de iluminación eléctrica, pero para la tripulación esos eran solo detalles. Sabían que iban al rescate de 22 hombres que llevaban ya dos años atrapados en el hielo, padeciendo los más increíbles sufrimientos, y que semicongelados y casi ya sin alimentos, probablemente no podrían resistir mucho más.

futbol-BLa Misión Imperial

Bautizada pomposamente como Expedición Imperial Transantártica, la de Ernest Shackleton no era una misión cualquiera. En plena era de imperialismos europeos, la corona británica había sufrido la dolorosa derrota de ver al capitán Robert Falcon Scott siendo superado por el noruego Roald Amundsen en la carrera por ser los primeros en alcanzar el polo sur. Más aún, llegando cinco semanas después que Amundsen a la latitud 90°, sin provisiones y agotados, Scott y sus cuatro acompañantes morirían uno tras otro en el viaje de regreso. Shackleton tomaba entonces la bandera de lograr un doble triunfo tras el martirio de Scott. Debía no solo alcanzar el polo sur, sino además ser el primero en cruzar el continente antártico de un extremo a otro.

Frank_Hurley-bFue así como comandando un grupo de 27 entusiastas expedicionarios, Shackleton zarpó rumbo a la aventura en 1914. El estallido de la Primera Guerra Mundial, sin embargo, había hecho que tanto el público como sus Gobiernos dejaran de prestar atención a las exploraciones antárticas, para concentrarse en lo que ocurría en los campos de batalla europeos. Inmutable, el Endurance de Shackleton siguió avanzando hacia el sur hasta entrar en aguas australes a comienzos de diciembre de 1914, llevando en su vientre a un variopinto grupo de científicos, marineros y aventureros, seleccionados de entre 5 000 postulantes con criterios que para la época tenían poco de convencional, y reclutados con un insólito aviso en el prestigioso periódico The Times de Londres: «Se buscan hombres para viaje peligroso, pequeños salarios, frío amargo, largos meses de completa oscuridad, riesgo constante, dudoso regreso a salvo, honor y reconocimiento en caso de éxito».

En expediciones anteriores, Shackleton había ganado destrezas y fama de líder carismático, por lo que apostaba a crear un grupo cohesionado donde la convivencia y el trabajo en equipo fueran tanto o más importantes que los conocimientos y rangos. El grupo lo completaban cerca de setenta perros, encargados de tirar los trineos, a cargo del veterinario Macklin.

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El entusiasmo inicial, sin embargo, fue pronto superado por el infortunio. Internándose en el mar de Wedell, el Endurance quedó atrapado en el hielo el 19 de enero de 1915, lo que obligó a los expedicionarios a acampar en el lugar durante largos meses, esperando una liberación del barco que finalmente nunca llegó. A mediados de noviembre, y después de hacer agua durante días, el Endurance se hundía al no poder seguir soportando la presión de los hielos. Un final trágico para el navío y el comienzo de nuevas desventuras para sus ocupantes, momentos retratados magistralmente por el fotógrafo de la expedición, el australiano Frank Hurley, quien tuvo en esos meses la posibilidad de registrar algunas de las más dramáticas escenas de la conquista del continente helado.

BE079791Errantes sobre enormes bloques de hielo, los ahora náufragos echaron finalmente al mar los botes salvavidas y equipos que habían rescatado del Endurance, para remar desesperadamente buscando tierra firme. Después de agotadores cinco días de incesante lucha contra los elementos, el grupo llegó hasta la isla Elefante, donde pudieron levantar un precario campamento usando los botes boca abajo como refugio. Estaban a 550 kilómetros del lugar en donde se había hundido el Endurance, y llevaban ya casi 500 días desde que zarparon de Inglaterra. La isla Elefante fue entonces un refugio anhelado para los exhaustos y errantes bogadores, pero para Shackleton se trató solo de una breve pausa. Después de hacer algunas mejoras a uno de los botes salvavidas, y sabiendo que las posibilidades de avistar un barco en la remota Isla eran escasas, partió junto a otros cinco hombres rumbo a las Georgias del Sur, buscado campamentos balleneros donde recibir auxilio. Era un viaje de 1.300 kilómetros, en un frágil bote abierto y soportando terribles tormentas y vientos huracanados, una proeza de dos semanas que sin embargo estuvo varias veces a punto de terminar en tragedia.

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Ya en las Georgias, Shackleton se puso de inmediato en campaña para lograr que una embarcación se dirigiera a la isla Elefante, consciente de que las provisiones y resistencia de los náufragos estarían ya a punto de agotarse.  Fue así como llegó a puerto Stanley, en las Malvinas, el 31 de mayo de 1916. Desde allí organizó tres infructuosos intentos en lancha para alcanzar la isla Elefante, pero una y otra vez el hielo se lo impedía. Así, tomo la decisión de trasladarse a Punta Arenas, donde pidió ayuda al Gobierno chileno. El 25 de agosto, casi 300 días después del hundimiento del Endurance, la Yelcho zarpaba rumbo a los mares antárticos.

¡Todos a salvo!

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Piloto 2° Luis Antonio Pardo

Pardo sabía que el viaje estaría plagado de peligros, y así lo expresó en una carta que escribió a su padre poco antes de partir, donde pedía además hacerse cargo de su viuda e hijos ante una eventual desgracia: «Cuando usted lea esta carta, o su hijo estará muerto o habrá regresado a salvo a Punta Arenas con los náufragos. No regresaré solo», rezaba la misiva. En el camino la Yelcho enfrentó tempestades, niebla cerrada, vientos y otros peligros, pero Pardo tomó siempre la decisión correcta para aprovechar al máximo la luz del día y el andar de la nave. Al mediodía del 30 de agosto, la escampavía llegaba a isla Elefante y entre gritos de alegría permitía que Shackleton se reuniera nuevamente con sus hombres.

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Sin radio a bordo, Pardo debió esperar varios días antes de poder comunicar la noticia del rescate. El 3 de septiembre pudo hacerlo desde la localidad de Río Seco, informando así a la guarnición naval en la ciudad cercana de Punta Arenas, donde se le había esperado con angustia, y se le recibía ahora como héroe. Después de una verdadera fiesta popular, la Yelcho siguió rumbo a Valparaíso, donde continuaron los festejos y homenajes para chilenos y británicos.

Cuenta la leyenda que Pardo rechazó más tarde un premio de 25 000 libras ofrecido por el imperio británico, aunque aceptó los reconocimientos del Gobierno chileno. Fue así como se determinó su ascenso a Piloto 1°, sumándose además 10 años de servicio a su hoja de vida. Tres años más tarde pasó a retiro, pero pudo seguir disfrutando del reconocimiento de los ingleses cuando fue nombrado cónsul de Chile en Liverpool. En 1935, y mientras se encontraba en Santiago, cayó gravemente enfermo. Paradójicamente, después de haber soportado los gélidos fríos antárticos y las peores tempestades, terminó sus días con una bronconeumonía que lo llevó a la muerte a la edad de 54 años.

¿Y Shackleton? algunos podrían pensar que después de semejante aventura se acogería a retiro y se dedicaría a escribir y criar nietos, pero eso sería desconocer al personaje. En 1921, sir Ernest Shackleton partía nuevamente navegando rumbo a la Antártida, en una expedición con objetivos bastante imprecisos, y a la que increíblemente se sumaron varios de sus excompañeros del Endurance, ¡a pesar de que aún no se les pagaban sus sueldos! Prueba indiscutible del magnetismo y liderazgo del ahora veterano explorador.  Sin embargo, Shackleton no llegaría a ver nuevamente tierras australes. Maltratado por los largos años de privaciones y con el corazón debilitado por la excesiva ingesta de alcohol, sufrió un infarto y murió mientras navegaba. Por decisión de su viuda, su cuerpo fue bajado en Montevideo para ser embalsamado, siguiendo luego viaje a la lejana estación ballenera de Grytviken, en aguas subantárticas, donde sus restos descansan hasta hoy. Solitaria y en medio de la inmensidad, tal como fue su vida, una lápida de granito marca su tumba en las Georgias del Sur.

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