La Ciudad de la Eterna Primavera se observa desde lo alto: el Morro, bastión de la Guerra del Pacífico, es hoy un sitio sagrado por cuanto se encuentran una gran cantidad de momias chinchorros. Pero también Arica se contempla y se saborea desde su naturaleza y su patrimonio. Para descubrirlo, viajé hacia el norte de la capital regional para descubrir un humedal, y hacia el sur, donde unas cuevas y un oasis me muestran la enorme riqueza cultural e histórica de la puerta de entrada a Chile. Por Sebastián Abeliuk


Se me viene a la mente la escena en que un grupo de cinco perros ahuyenta una bandada de aves. A la distancia parecen ser cientos de gaviotas, las que emprenden un rápido vuelo por encima de un estuario y sobre mi cabeza. Luego descienden a otro sector con agua. Y la escena se repite. Estoy en la playa Las Machas, dando comienzo a un circuito que es promocionado por el Instituto del Patrimonio Turístico de la Universidad Central. Sobre estas arenas se encuentra el Santuario Humedal del Río Lluta, un destino en el que brota una sensación de libertad despampanante.

A lo lejos, un buitre (Gallinazo) de cabeza roja lo observa todo desde lo alto de una señalética cuyas letras se han borrado con el paso del tiempo. El día a día en el humedal transcurre así, entre un mar bravo que golpea las costas, pequeñas lagunas de agua dulce y calma junto a una playa eterna, y el verde de las plantas que son tan poco comunes en esta región tan árida del planeta.

El humedal se ubica 4 kilómetros al norte de la ciudad de Arica, formando un área total de 300 hectáreas, 31 de las cuales están protegidas. En el lugar hallamos flora de agua dulce, como lo es la totora. Hacia el norte, la playa se extiende tanto que no es posible ver su fin. Por el lado sur, el Morro de Arica me recuerda que este ecosistema está a pocos minutos de la capital regional.

Al lado del océano también hay vida: enormes grupos de cangrejos rojos se escabullen en sus guaridas ante la llegada del hombre. Aunque son las aves las que reinan en este lugar. Estela González, guía de Arica y Parinacota, cuenta que cada año es posible observar 130 especies diferentes, y que cada día aparecen unos 20 mil ejemplares atraídos por tres lagunas y pastizales que les proporcionan alimentos y cobijo para que puedan anidar sin inconvenientes. Garzas, pelícanos, gaviotas y hasta flamencos chilenos forman parte de la avifauna característica.

Actualmente, la zona que comprende la desembocadura del Lluta forma parte de un plan gubernamental que busca potenciar 7 puntos del borde costero en la región de Arica y Parinacota. Dos están listos: las Cuevas de Anzota y Playa Lisera. Es de esperar que la medida de proteger el santuario por parte de la Armada, con acciones tales como prohibir el camping, sea una señal de que el humedal más septentrional de Chile perdurará por muchos años.

 

Las Cuevas del Amor

Hasta hace algún tiempo, las Cuevas de Anzota -10 minutos al sur de Arica-, eran un lugar de encuentro para los enamorados. En la actualidad, este espacio natural de formaciones rocosas moldeadas por la erosión del agua, está siendo intervenido por el Ministerio de Obras Públicas para convertirlo definitivamente en un hito turístico bien conservado. José Barraza, director del Consejo Regional de la Cultura y las Artes de Arica y Prinacota, cuenta junto a una rompiente de olas que “estas cuevas fueron un hábitat natural para las primeras poblaciones humanas hace 5 mil años. Se trata de los chinchorros, que eran cazadores y recolectores”.

Hasta ahora, las cuevas han estado siendo remodeladas con el fin de poder hacer entrega de senderos bien demarcados y todos los elementos de seguridad y estéticos que este sector merece.

A medida que caminamos por uno de los caminos costeros, veo que una de las laderas del cerro destaca por su intenso color blanco. Esto es producto de la nidificación de aves y su guano, un excelente fertilizante que se ha depositado aquí por años. También observo algunas figuras en las rocas que solo caben en la imaginación: un hombre sentado, e incluso un perro. Más adelante, una de las cuevas nos demuestra que el valor patrimonial de Anzota es enorme. La aparición de un grabado en roca semejante a la figura de un guanaco data de hace más de 4 mil años según los historiadores.

Hoy, la Municipalidad de Arica trabaja en el diseño de una corporación de turismo que debiese administrar y cuidar a futuro este espacio, en conjunto con la protección de CONAF. Su belleza escénica entre mar y montañas lo merece.

Caleta de Camarones: registro arqueológico

Justo donde la región de Arica y Parinacota roza a la de Tarapacá, aparece Camarones en la parte inferior de una quebrada. En lo que es un pequeño oasis en medio del desierto y junto al mar, este lugar se destaca por ser un potente destino arqueológico. Es aquí donde nace la cultura chinchorro y se expande hacia otras zonas del norte, una localidad que es la cuna de las momias más antiguas del mundo.

Justo después de tomar el desvío de la Ruta 5 hacia la A-376 que va hacia Caleta de Camarones, dos enormes figuras de más de 4 metros de alto representan a una momia chinchorro femenina y otra masculina. En sus cabezas, unas campanas resuenan con el viento que aquí sopla fuerte.

Es tanta la riqueza histórica de este sitio al sur de la región, que hay lugareños que dicen encontrar restos humanos a descubierto cerca de Caleta Camarones. No fui testigo de aquello, pero sí de lo imponente que son estas figuras de momias, una de las cuales se encuentra en lo alto de un barranco, desde donde hay vistas hacia una playa solitaria y el océano.

Iván Martín Romero, alcalde de Camarones, asegura que hay que preservar más de 10 mil años de historia. Y en lo que respecta a las momias más antiguas del mundo, asegura que el propósito de ellas era que pudiesen seguir formando parte del día a día de las comunidades chinchorros. Es curioso, pero hacia el final de la región de Arica y Tarapacá se encuentra el comienzo de su cultura, en una historia que se seguirá escribiendo.  

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