Viajar ya no es un lujo, es un derecho. Los datos así lo demuestran: en la década de los años 50 —cuando viajar era un lujo— la Organización Mundial del Turismo (OMT) registró un total de 25 millones de turistas a nivel global. En 1995 la cifra llegó a 527 millones y en menos de veinte años los turistas se duplicaron hasta superar los 1 133 millones. Expresado en plata, los ingresos mundiales por turismo internacional han pasado de US$2 000 millones de dólares en 1950 a US$104 000 millones en 1995 y US$1 425 000 millones en el 2014.

La globalización, el crecimiento económico que experimentan países como China, India y algunas naciones árabes, la aparición de los viajes low-cost, la proliferación de los viajes de intercambio, el surgimiento de jóvenes viajeros ultratecnologizados —los llamados millenials—, hacen suponer que estas cifras seguirán creciendo y convertirán al turismo en un importante propulsor de la prosperidad económica, sobre todo de los países en vías de desarrollo.

Chile, por supuesto, no es ajeno a esta tendencia. Según datos oficiales de la Subsecretaría de Turismo, la llegada de turistas extranjeros en 2016 alcanzó la cifra récord de 5 millones 640 mil personas, lo que representó un aumento de un 26% respecto a 2015. Y los chilenos también viajan: 12 millones de connacionales viajaron a algún lugar del país entre el 15 de diciembre del 2016 y el 31 de marzo de este año.

Si bien este es un momento ciertamente efervescente, ¿hay alguna razón por la cual deberíamos preocuparnos por este crecimiento? ¿Son sustentables estas cifras? ¿Es el turismo la próxima burbuja? ¿Están nuestros destinos y ciudades en condiciones para recibir la llegada masiva de turistas? ¿Es de calidad nuestro turismo? ¿Cuántas personas pueden estar al mismo tiempo en la Isla de Pascua, las Torres del Paine, San Pedro de Atacama, o en el desierto florido, sin que estos territorios sufran?

Para mantener el equilibrio entre el crecimiento del turismo, el bienestar de las comunidades locales y la sustentabilidad de nuestros destinos, es necesario adoptar políticas sustentables a corto y mediano plazo, de lo contrario presenciaremos lentamente efectos destructivos, como ya ha ocurrido en otros países.


 

Es lógico suponer que 20 millones de personas moviéndose en busca de ocio y atractivos turísticos a lo largo y ancho de nuestro país podrían alterar la normalidad de muchos de nuestros destinos, ciudades, balnearios y áreas silvestres. Para mantener el equilibrio entre el crecimiento del turismo, el bienestar de las comunidades locales y la sustentabilidad de nuestros destinos, es necesario adoptar políticas sustentables a corto y mediano plazo, de lo contrario presenciaremos lentamente efectos destructivos, como ya ha ocurrido en otros países y que podría ocurrir en los destinos nacionales mencionados anteriormente.

¿Qué podemos hacer para evitar esto? Desarrollar nuevos destinos y diversificar la oferta turística nacional, maximizar las políticas de turismo sustentable, atraer a turistas de mayor poder adquisitivo, mejorar el diálogo de nuestras universidades, con las empresas y las instituciones del Estado, educar a nuestros turistas desarrollando campañas de turismo responsable, son algunas de las acciones, que afortunadamente tanto el sector público como privado están implementando a través del programa nacional de Turismo Sustentable de Corfo (Transforma Turismo), los sellos S de sustentabilidad que buscan adoptar prácticas sustentables en la industria del turismo, los premios Fedetur al turismo sustentable, entre otros buenos ejemplos.

Nuestra revista también está en esa dirección. Por esa razón nos interesa aportar en el desarrollo del turismo, el que bien explotado nos permitirá no solo mejorar la economía de nuestras comunidades, sino también sentirnos más orgullosos de ser chilenos. El turismo lo puede hacer.

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