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Más de 40 mil haitianos han llegado a Chile en busca de una mejor vida. Es un verdadero éxodo que aumentará debido a que la ruta centroamericana hacia Estados Unidos está cerrada y estas naciones al igual que Brasil —país que los acogió a raíz del terremoto del 2010— no tienen capacidad económica para mantenerlos dentro de sus fronteras. Chile se convirtió así en la tercera ruta, hasta ahora la única que les promete alcanzar sus sueños de prosperidad. / Por: Alex Ceball y Humberto Merino / Fotos: Jerónimo Berg Costa.

 

La tarde del martes 12 de enero de 2010, Dorelien Jean Willy, de veinte años, caminaba por una concurrida calle en el centro de Puerto Príncipe. Su madre le había encargado comprar algo de pollo para cenar y aprovechaba el paseo para ver a un amigo a unas pocas calles del mercado. Dorelien llevaba meses sin poder encontrar trabajo y mataban las horas juntos charlando, escuchando música o preguntando tienda por tienda si necesitaban a algún empleado. Eran las 16:53 y Dorelien estaba a punto de llegar al puesto de pollos. Sin embargo, jamás lo logró. La tierra comenzó a moverse y pocos segundos después, casi sin darse cuenta, se desató lo que pensó, era el fin del mundo. Cayó al suelo bruscamente mientras se desataba una tormenta de humo gris a su alrededor que le impedía ver nada a un metro de distancia, sólo escuchar fuertes estruendos como si se tratase de bombas caídas desde el cielo. Cuando pudo pararse —entre gritos de mujeres y alarmas de automóviles— vio por primera vez algo que le cambiaría la vida para siempre: la total y completa destrucción de su ciudad. Corrió lo más rápido que pudo de regreso a casa, pero jamás pudo encontrarla; ni su casa, ni a su madre, todo lo que más quería yacía bajo un monumental monte de escombros y hormigón, una escena que se repetiría en su retina a cada centímetro donde mirase.

Seis años después de aquel suceso, encontré a Dorelien en la cocina de un céntrico restaurante de Santiago de Chile. No había perdido el brillo en los ojos ni la capacidad de cantar y reír mientras lavaba platos y cacerolas pese a haber perdido lo poco que tenía. El terremoto de Haití cobró la vida de 316 000 personas, hirió a otras 350 000 y dejó sin hogar a más de 1,5 millones de ciudadanos. La historia de Dorelien no es única. Él es uno de los más de 40 000 haitianos que han llegado a Chile en los últimos años escapando de la miseria acentuada tras el terremoto y de una crisis política, económica e institucional que mantiene hundido al país desde antes de la tragedia.

Caracterizado por tener cerca del 80 % de su población por debajo de la línea de la pobreza y un 54 % viviendo en la pobreza extrema —la más alta de América—, las remesas recibidas por parte de sus migrantes representan el 40 % de su Producto Interno Bruto beneficiando a poco más de 900 000 familias, cuyos integrantes más jóvenes y preparados están disponibles para dejar su país e iniciar una nueva vida como inmigrantes.

 

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El ministro consejero y encargado de negocios de la Embajada de Haití en Chile, Carl Benny Raymond, asegura que el idioma y el cambio cultural complican la integración de los haitianos en Chile.

Desde el año 1492 el país caribeño ha sobreexplotado su suelo y recursos naturales, primero bajo el dominio de los españoles que plantaron caña de azúcar, y posteriormente con los franceses que talaron los bosques para cultivar café, tabaco y añil. Incluso después de que en 1804 se derogara la esclavitud en el país, Francia recibió 93 millones de francos en concepto de indemnización por parte de los haitianos, abonada mayoritariamente en madera. Tras el proceso de independencia, las clases altas expulsaron a los campesinos de los valles suplantando sus cultivos de maíz, judías y mandioca por una explotación creciente de madera lo que exacerbó la deforestación. Hoy solo queda menos del 2 % de los bosques y en muchos lugares el suelo ha desaparecido por completo.

Uno de los factores que imposibilitan el mejoramiento de la economía es la fuga de cerebros; según cifras estimativas, el 80 % de los haitianos con niveles educativos elevados han emigrado fuera de sus fronteras. En República Dominicana, Francia, Estados Unidos, Brasil y ahora en Chile, es fácil encontrar profesionales universitarios en trabajos precarios o de subempleo. Tras unas llamadas telefónicas, llegué al número 273 de la calle Canadá, en la comuna de Providencia en Santiago, para entrevistarme con Carl Benny Raymond, ministro consejero y encargado de negocios de la Embajada de Haití, quien me hablaría de los factores que han determinado esta oleada migratoria en nuestro país. Si el año 2010, justo antes del terremoto, existían 400 ciudadanos haitianos en Chile, un año después esta cifra se incrementó en 500 personas. El año 2013 se contabilizaban 6 000 personas, el 2014 un poco más del doble, el 2015 eran 15 000 y a finales del primer semestre del 2016, el número se elevó hasta los 30 000. Se prevé que a fines de este año la cifra aumentará a 40 000 o quizá 50 000. Es decir, en los últimos tres años el ingreso creció en un 731 %.

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El mercado de abastecimiento Lo Valledor en Santiago se ha convertido en fuente laboral importante para los haitianos. Los patrones chilenos los prefieren por su disposición al trabajo duro, responsabilidad y honradez.

Si bien hace 20 o 30 años atrás sus destinos favoritos por los haitianos eran los Estados Unidos, Francia y Canadá, las fuertes leyes migratorias interpuestas por el gobierno estadounidense tras los ataques al World Trade Center y sus Torres Gemelas en la ciudad de Nueva York cambiaron por completo el panorama. Las puertas están prácticamente cerradas, aunque muchos intenten entrar a Estados Unidos por Nicaragua o Costa Rica en la llamada ruta centroamericana. A solicitud del gobierno norteamericano, los gobiernos de estos respectivos países militarizaron las fronteras para los inmigrantes haitianos, impidiéndoles cruzar. Además, sin tener a su favor una política como la de “Pies secos, pies mojados” que protege a cubanos inmediatamente al tocar tierra o agua estadounidense, lo que incluso llegar a tierras norteamericanas no les asegura su permanencia. Aunque no se sabe a ciencia cierta la cantidad exacta de personas, se estima que por lo menos 50 mil haitianos indocumentados y sin trabajo que deambulan por países centroamericanos y Colombia ya han emprendido el viaje hacia Brasil… y Chile. Pero como el gigante carioca pasa por malos momentos y este año, además, se vencieron las ayudas económicas que el gobierno brasileño destinaba a estos inmigrantes, miles de ellos cambiaron su destino, optando por continuar su éxodo en Chile.

Menos dramática y más humanizada, la llegada a nuestro país para muchos haitianos no ha sido fácil. El mismo diplomático Carl Benny afirma que la integración está siendo complicada por el idioma y por el cambio cultural. “Puedo afirmarle que hemos observado trastornos mentales en algunos ciudadanos haitianos en Chile por un simple tema de asimilación cultural”, afirma el diplomático. Brecha idiomática que percibió el sacerdote diocesano Juan Carlos Cortez (41), quien recién llegado de Chillán como párroco de la Iglesia San Saturnino, en el emblemático barrio Yungay, se propuso hacer desaparecer o acortar creando una escuela de español exclusiva para ellos. Como notó que estaban llegando al barrio y a su parroquia para participar de las misas católicas, el cura creó una escuela que funciona tres veces por semana, gracias al apoyo de voluntarios y de donaciones. A la fecha 130 alumnos llegan regularmente a sus clases, todos ellos además comparten junto al párroco un desayuno y homilías.

 

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Pero los puestos de trabajo no alcanzan para todos. Más de la mitad de los haitianos en Chile no encuentran un trabajo estable y muchos se subemplean o se dedican al comercio ambulante. Entre ellos, hay muchos profesionales y técnicos.

 

En el Aeropuerto Internacional de Santiago me reuní con el subprefecto de Policía Internacional de la PDI, Bernardino Cárdenas. Junto con proporcionarme datos de tránsito, el funcionario policial me manifiesta que uno de los problemas radica en que “muchos entran con una visa de turista de 90 días y al no hablar el idioma, cumplen el plazo sin poder encontrar trabajo por ese mismo motivo y se quedan de forma irregular”. Sin embargo, para Cárdenas este es un comportamiento normal de las olas migratorias, lo mismo que ha sucedido antes con otros grupos como peruanos, colombianos y más recientemente venezolanos, advirtiendo que lo más importante para ellos es “llegar en regla con pasaporte vigente, tener redes de apoyo y que se informen antes de venir”. Según Cárdenas, alrededor de 1 180 entradas y solo 30 salidas se registran cada semana, donde un 93,78 % lo hacen a través del aeropuerto internacional y solo un 5,57 % por el paso Los Libertadores.

Lo cierto es que actualmente, uno de los grandes problemas de la comunidad haitiana en Chile es la dificultad para encontrar un empleo formal, registrando un número superior a las 15 000 personas que se encuentran desempleadas. El diplomático Carl Benny, me asegura que sus compatriotas viven en la actualidad principalmente en tres comunas del Gran Santiago: Estación Central, Quilicura y San Bernardo, extendiéndose su presencia en los últimos meses a las comunas de Recoleta, Santiago Centro y Pedro Aguirre Cerda.

Desamparados y con temor a ser deportados, muchos buscan información y apoyo humanitario en el Servicio Jesuita al Inmigrante (SJM). Ubicado en la céntrica calle Lord Cochrane, el director ejecutivo de la institución, el sacerdote jesuita Miguel Yaksic, es enfático en señalarme que “un grupo de ellos se encuentran en una situación muy compleja y es necesaria brindarles el apoyo suficiente para su plena integración”. Según sus datos, el mayor número de inmigrantes haitianos oscilan entre los 25 y 35 años con educación secundaria completa y muchos, además, con estudios universitarios. “Varios de ellos llegan en situación de precariedad y piden ayuda humanitaria, pero la gran mayoría viene buscando orientación y atención jurídica para solucionar sus problemas laborales y de visado y así poder tener una plena inclusión social en el país”, afirma este joven sacerdote, que trata de sensibilizar a la opinión pública y los tomadores de decisiones de la importancia de acoger a los inmigrantes, que en muchos casos ven violentados sus derechos. “Los inmigrantes, sean del país que sean, tienen el legítimo deseo humano de vivir en paz, de no pasar hambre y de ofrecerles un futuro a sus hijos”, advierte.

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El sacerdote Juan Carlos Cortez creó una escuela de español exclusiva para haitianos. Con el apoyo de voluntarios y donaciones ya cuenta con cerca de 130 alumnos.

 

Derechos que para Branislav Marelic, director del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) se ve reflejado a veces en la atención que reciben los migrantes en los servicios públicos. “Hay una cultura de desconfianza y una sociedad que aún no ha asimilado plenamente el respeto a los derechos que tienen todas estas personas”. Así también me lo reafirma Joubert Adrien (31), empleado de la embajada de Haití en Chile, residente en nuestro país desde hace 9 años y con un hijo chileno-haitiano: “Cuando llegué pensé que era todo positivo, pero también he visto discriminación. La gente educada nos ve como un aporte, pero los ignorantes nos ven como un peligro. Yo he sufrido discriminación, me compré un auto nuevo y un chileno me escupió el vidrio… también vi como sufrió discriminación en la calle el ex embajador”, dice Adrien, quien cree que la explicación se debe a la llegada masiva de personas negras en un país no habituado a convivir con otras razas.

La discriminación en muchos casos tiene un origen policial. Branislav Marelic manifiesta que este año han recibido cinco denuncias de discriminación hacia haitianos, y todas tienen un elemento común: detenciones arbitrarias por parte de Carabineros, controles de identidad abusivos que han terminado en maltrato físico y personas que dicen que se les acusa de delitos en los que no han participado. “En todos esos casos se trata de personas que dicen haber sido víctimas de un accionar injusto por parte del Estado, por el sólo hecho de ser inmigrantes”, afirma el alto funcionario del INDH.

Nosier Saint-Louis (19), sin embargo, asegura que en su corta estadía en Chile nunca ha sufrido discriminación, sino todo lo contrario. Él junto a otros compatriotas han sido acogidos como uno más en el mercado de abastecimiento Lo Valledor. Hasta ese tradicional lugar de Santiago llegamos temprano en la mañana junto al fotógrafo Jerónimo Berg. Lo Valledor es conocido por ser uno de los centros que agrupan un importante número de inmigrantes haitianos entre sus empleados. José Herrera (54) propietario de un camión de abastecimiento de verduras asegura que los haitianos son honrados y se ayudan mutuamente. “Llegan a las 9 de la noche y trabajan hasta las 12 de la mañana del día siguiente. Los prefiero a ellos antes que a los chilenos que tenía antes, que se la pasaban drogándose o tomando y llegaban tarde a trabajar”. En general, los empleadores chilenos tenían una buena opinión de los haitianos. Sus mayores cualidades eran su disposición al trabajo duro, la honradez y la responsabilidad. Solo don Amaro, un viejo peoneta de Lo Valledor, dijo que no les gustaban “porque no dejan nada para el país; le quitan el trabajo a los chilenos y todo lo que ganan lo envían para su país, en Chile no gastan nada, se comen un pollo entre diez personas, duermen como seis en una pieza”, afirma, pero reconociendo que eran buenos para el trabajo y tranquilos.

 

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Los haitianos tienen una gran resiliencia. Esa capacidad de seguir buscando sueños y no detenerse ante la adversidad se afianza gracias a la religión, la que ocupa un lugar importante en sus vidas donde más del 60 % practica la religión evangélica protestante.

 

Don Amaro probablemente tiene la imagen de los inmigrantes que viven cerca de Lo Valledor. Tras caminar por el inmenso mercado y ver de primera mano la gran cantidad de haitianos en plena faena de carga y descargas de frutas y verduras, partimos rumbo a la avenida General Velázquez, frente al Hogar de Cristo en la comuna de Estación Central. Por casualidad daríamos con Jesús Céspedes (60), un uruguayo miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, quien se jacta de tener a 150 de ellos viviendo en habitaciones en su propiedad. Céspedes construyó diminutas piezas y residenciales en sucesivas ampliaciones de lo que antes era una casa y hoy es un conjunto residencial que debido a su precariedad, inseguridad e insalubridad está muy lejos de serlo. Logramos que este empresario nos dejará entrar al interior del oscuro y mal oliente conventillo. De a poco emergían los rostros de algunos curiosos y desconfiados residentes. Allí estaban los hermanos Lionel (30) y Molière Atisme (29), dos trabajadores de una bencinera en la ruta 5 sur que durante su tiempo libre se dedican a hacer trabajo social. Ambos alquilaban un espacio de dos habitaciones más una pequeña sala sin cocina y un baño que ellos mismos habían pintado dentro de aquel galpón por 160 000 pesos mensuales. Uno de los problemas sumados a la ya difícil travesía de esta comunidad, es la negación de propietarios y agencias por alquilarles viviendas, teniendo que optar por estos precarios inmuebles casi al mismo precio del mercado inmobiliario formal. En ese galpón se encontraría también Lozin Philistin (27), llegado hace poco más de una semana a Chile con la ilusión de conseguir una nueva vida: “Mis planes son muy grandes, quiero estudiar para ser mecánico y tener una familia”, me dijo mientras aceptaba posar para la cámara. Salir de aquel sitio me resultó desolador, al ver a esta comunidad de inmigrantes tan vulnerables y humillados.

Los haitianos en general tienen una gran resiliencia. Esa capacidad de seguir buscando sueños y no detenerse ante la adversidad se afianza gracias a la religión, la que ocupa un lugar importante en sus vidas donde más del 60 % practica la religión evangélica protestante. Cada domingo, gran parte de esta comunidad abarrota sus templos e iglesias vestidos con sus mejores vestimentas para rendirle culto a Dios. “Dios te conoce, Dios sabe quién eres”, grita en español Milord Markens (40) con un micrófono en la mano junto a uno de los pastores, traduciéndonos el culto. Baterista, cantante y traductor de la Iglesia Evangélica Haitiana en Chile de Quilicura, Markens me dice que tienen como característica ser un pueblo con una gran fortaleza espiritual “no sé de donde viene, los haitianos no tenemos una identidad única, somos una mezcla de muchas cosas, quizás sea eso”, dice sonriendo.

Los ritos evangélicos suceden entre alegres ceremonias con música góspel, llantos y risas. El pastor les habla de Abraham, de cómo pese a la adversidad logró llevar a su pueblo a la tierra prometida: “Sus enemigos eran más fuertes, pero a Abraham lo acompañaba Dios”. El éxodo de los haitianos en Chile no habrá terminado en la tierra prometida, ni en la construcción de una nueva nación, pero al menos les habrá servido para no ver truncados sus sueños de libertad y prosperidad para ellos y para sus hijos.

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1 comentarios

  1. Muy buen artículo y que suerte que vaya acompañado de la mirada de Jerónimo Berg, un gran fotógrafo que se relaciona en cuerpo y alma con el tema.

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