VINO KEOKEN

Tradicionalmente los valles centrales de Chile se han caracterizado por la producción de vinos, pero desde algunos años el cambio climático pareciera estar corriendo el mapa hacia el sur, tan al sur que incluso en la Patagonia chilena se produce el vino más austral del mundo: Keóken. Aquí su historia.

 

Antes de Keóken, la historia de la producción de vinos fuera de las fronteras de la Región de la Araucanía ya era bastante auspiciosa. En 2006 Casa Silva cultivó sus primeros viñedos en Futrono, a orillas del lago Ranco. Hoy, la viña produce un Pinot Noir y Sauvigont Blanc, ambos bajo la marca Lago Ranco.

Más al sur, a la altura de Trumao en la provincia de Osorno, los hermanos Porte en 2010 consiguieron un delicioso Cruchon Pinot Noir, realizado de forma totalmente artesanal. Vecinos a Trumao, en la comuna de San Pablo, el ingeniero agrónomo, Rodrigo Moreno y dos socios, cultivaron 2,5 hectáreas de vides que le dieron como resultado producir algunas botellas de Chardonnay, Pinot Noir y un espumante, que en 2016 fue calificado por el Master of wine Tim Atkin, como el mejor en su categoría.

Casi 200 kilómetros más al sur, en la comuna de Cochamó, el lodge Mítico Puelo ofrece turismo enológico gracias a la producción del Pinot Noir Puelo Patagonia.

Se pensaba que Palena era lo más austral, hasta que a fines de 2017 el Instituto de Investiga­ciones Agropecuarias (INIA) sorprendió al mundo del vino con un Sauvignon Blanc y un Pinot Noir, producidos en la localidad de Chile Chico, ampliando la frontera vitivinícola al corazón de la Patagonia Chilena.

En sus dos versiones, los vinos Keóken, son producidos y embotellados en origen, a nivel experimental, por el Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA), institución ligada al Ministerio de Agricultura.

El amanecer del vino en la Patagonia

Lanzado en diciembre de 2017 con el nombre de Keóken, estos caldos podrían decirse con total propiedad que son los vinos más australes del mundo y hacen honor a su nombre pues representan una nueva oportunidad para la industria de vinos de Chile y para la diversificación económica de la provincia del Lago General Carrera, en la Región de Aysén.

Para los expertos, ambas variedades representan fielmente el espíritu de la Patagonia, de una historia que comenzó una década antes cuando el enólogo Rafael Urrejola junto a Viña Undurraga había desarrollando un proyecto experimental de producción de vinos en la zona de Chile Chico. Se trataba de un Pinot Noir muy ligero con sabor a jugo de guindas frescas, cuyas 16 exclusivas botellas no salieron al mercado.

Como el proyecto no tuvo continuidad y como conocedores del éxito que tuvieron los cultivos de arándanos y cerezas en la zona de Chile Chico, los investigadores del INIA se preguntaban ¿porqué razón no se podría volver a intentar producir vinos? Fue así que en el año 2010 de la mano de la viña Undurraga, el INIA inició las primeras exploraciones en las zonas frías de Chile Chico. Este trabajo, sumado a los datos fonológicos que se han registrado desde los años 80, permitieron seleccionar las variedades con mejor adaptación en un predio de 3,5 hectáreas, el mismo lugar donde  hace 20 años atrás se experimentó exitosamente con las cerezas.

“Este vino representa un hito histórico a nivel mundial, ya que producir vinos en las condiciones extremas de Chile Chico, en la Patagonia chilena, no es una tarea sencilla y el INIA lo ha logrado”, dice el reconocido sommelier Pascual Ibáñez.

El reconocido sommelier Pascual Ibáñez —que probó ambas variedades de Keóken— define el proyecto del INIA “como un fenómeno único y singular, engendrado más allá de las fronteras naturales que estaban establecidas para el vino”. Para el sommelier de origen español “este vino representa un hito histórico a nivel mundial, ya que producir vinos en las condiciones extremas de Chile Chico, en la Patagonia chilena, no es una tarea sencilla y el INIA lo ha logrado”. Por su parte, el enólogo de Keóken, Diego Morales, explica que a pesar de lo adverso del clima de Chile Chico, decidieron hacer los vinos “de la manera más natural, sin agregar ningún aditivo, más que levaduras comerciales. Para que los vinos pudieran mostrar su verdadero y limitado potencial. De allí, que no tuvieron correcciones ni filtraciones”.

 Los próximos pasos

Para el INIA lo importante es que los vinos que se produzcan en la Patagonia sean de calidad. Es así que independientemente de que Keóken no salga al mercado, los próximos pasos que está dando la institución contemplan el establecimiento de estudios y análisis fisiológicos, felonológicos, identificación de plagas, manejo de follaje y el uso eficiente del agua. “Cuando la producción de frutas sea óptima, se realizarán análisis de calidad de bayas, mosto y vino, mediante la implementación de una línea de procesamiento de la fruta —vinificación— para determinar las propiedades de la fruta obtenida en cada zona”, explica Diego Aribillaga, investigador de INIA Tamel Aike, en la región de Aysén.

El proyecto contempla un estudio económico con la prospección del rubro en la región de evaluación y la capacitación de futuros emprendedores que estén interesado en implementar un paquete tecnológico de producción vitivinícola en la Patagonia.

Keóken representa el futuro del vino en Chile

Es una situación parecida a la de los cerezos, en donde el INIA hizo las primeras pruebas de investigación y todos los ensayos que permitieron desarrollar un negocio rentable en torno a las cerezas de exportación más australes de Chile y ahora que el Ministerio de Agricultura, a través del INIA, ha demostrado que se pueden producir vinos de calidad — el principal escritor de vino británico Tim Atkin calificó con 90 y 91 puntos al Keóken Pinot Noir y Sauvignon Blanc, respectivamente— será el sector privado, el que desarrolle esta interesante alternativa para Chile y particularmente para la región de Aysén.

Para Fernando Urrejola, Keóken representa el futuro del vino en Chile. “Creo que el futuro estará en probar en lugares remotos, hacia los extremos. Creo que en esa diversidad de aventuras y ojalá de vinos extraños, diferen­tes y osados, estará el futuro de nuestros vinos. Si tuviera que poner una ficha, me encantaría que el futuro de la viticultura chilena estuviera en la Patagonia y poder hacer vinos a la vista de los glaciares patagónicos”.

 

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