Conocemos poco de este pequeño país centroamericano, pero basta una visita para darse cuenta de que tiene muchísimo por ofrecer, y, por sobre todo, muchos prejuicios por derribar. Desde idílicas playas para practicar surf hasta una extensa oferta para el turismo aventura, con atractivas rutas patrimoniales e impactantes vestigios de la cultura maya. A continuación, los imperdibles de El Salvador.

El Salvador cuenta con 300 kilómetros de costa en el Océano Pacífico, por lo que muchos lo consideran un destino de sol y playa. Con esta reputación, no es de extrañar que sus olas sean consideradas como unas de las mejores del mundo por los amantes del surf, y playas como El Sunzal, Las Flores y Punta Rocas son utilizadas para realizar el Mundial de Surf.

Pero también son los turistas inexpertos quienes se acercan a las escuelas de surf para aprender a pararse en la tabla y algunos trucos básicos. Una de las mejores alternativas para empezar a sentir el gusto por este deporte es la que entrega el hotel “Esencia Nativa”, ubicado en playa El Zonte, donde puedes encontrar la escuela de Alex ([email protected]). Es allí donde los turistas reciben instrucción en una práctica de dos horas, que combina una charla teórica con una sesión práctica en el mar junto a instructores calificados.

Si lo que buscas es relajo y bohemia, lo puedes hallar en El Tunco, el balneario favorito de la gran mayoría de los turistas. En idioma náhuatl, su nombre significa ‘chancho’ o ‘cerdo’, y esto se debe a una roca cerca de la orilla cuya forma se asemeja a dicho animal. El Tunca es un destino que combina la buena mesa, ambiente nocturno y música en vivo a orillas del mar.

Ruinas mayas

Existe un secreto arqueológico en El Salvador que data de la época en que los mayas habitaban estas tierras. Durante la década del 70, un descubrimiento casual por parte de unos obreros permitió descifrar cómo vivía el pueblo maya que habitaba la Mesoamérica del siglo VII d.C. Y si bien este país no cuenta con templos imponentes como los de Tikal y Copán, tiene el orgullo de contar con el vestigio mejor conservado a nivel mundial, que da cuenta sobre la vida diaria de la gente que no pertenecía a la nobleza. Se trata del Sitio Arqueológico Joya de Cerén, apodado el “Pompeya de América” y declarado Patrimonio de la Humanidad en 1993.

Su historia es la siguiente: una fábrica planeaba la construcción de silos para producir frijoles y maíz, cuando una de sus maquinarias pesadas accidentalmente golpeó una estructura que estaba enterrada en un cerro. Al llamar al departamento de Cultura y a los arqueólogos, éstos descubrieron -luego de hacer pruebas de ultrasonido- que se trataba de una vivienda maya de hace 1.400 años.

En ese lugar encontraron una aldea prehispánica agrícola intacta donde habitaba el campesinado, y se logró comprender cómo ejecutaba la distribución de las casas, cuál era el material de construcción, y qué tipo de vida llevaban los pobladores. Los habitantes de esta localidad debieron huir del lugar tras la erupción del volcán Loma Caldera, ubicado a pocos kilómetros, un fenómeno natural que cubrió de cenizas el pueblo. Nadie falleció, pues no se encontraron restos humanos.

Hoy el lugar invita a recorrer y observar cómo fueron las casas comunales, los temazcales (sitios de purificación en baños de vapor), las bodegas, e incluso espacios dedicados a las celebraciones. Dentro de las estructuras se encontraron navajas, vasijas e incluso trozos de fibra de tela.

No muy lejos de ahí se encuentra el Sitio Arqueológico San Andrés, una de las ruinas mayas que se conserva en buenas condiciones y que consta de 3 estructuras y un templo ceremonial. Existe una zona Monumental donde se halla la Acrópolis, que fue donde habitaron reyes y nobles entre los años 400 y 600 d.C. Allí llevaban adelante sus ritos religiosos y sacrificios en medio de la Gran Plaza, que reunía a 60 mil personas. Descubierto en los años 40, se encontraron restos de algunos monarcas mayas y huesos de jaguar junto a su pirámide principal, conocida como La Campana.

 Ruta de las flores

El Salvador se ha encargado estos últimos años en desarrollar su turismo de naturaleza, aventura y patrimonio. El destino ícono en ese sentido es la Ruta de las Flores, a una hora de la capital San Salvador, y que lleva ese nombre por cuanto los cerros que rodean la zona tienen plantaciones de café, que cuando florecen crean un extenso manto de colores blancos y verdes. En la ruta podrás visitar los pueblos de Concepción de Ataco, Salcoatitán, Apaneca, Nahuizalco y Juayua, mientras asciendes hasta los 1.477 metros de altura. Son los llamados “Pueblos Vivos”, un concepto que impulsa el Ministerio de Turismo y que intenta rescatar la identidad y la historia de las localidades, mediante acciones que fortalezcan el turismo, la seguridad y el orden.

En Nahuizalco fuimos testigos de un atardecer con los volcanes de Santa Ana y de Izalco de fondo, mientras disfrutamos de un jugo de fruta natural y pupusas, unas tortillas de maíz que se rellenan con queso, frijoles o chicharrones y consideradas el plato nacional de El Salvador. Nahuizalco suele llenarse de escolares y familias que disfrutan cada tarde de la plaza y la iglesia bautista que data del siglo XVII. Además, el pueblo cuenta con presencia de artesanos indígenas y un mercado auténtico.

Apaneca, en cambio, es el epicentro del turismo aventura. Allí nos dirigimos primero a hacer una actividad de buggies con la empresa “Xtreme Tours Apaneca”, donde nos colocamos el casco, una mascarilla para el polvo, y nos subimos a uno de estos vehículos todo terreno para ir en búsqueda de la Laguna Verde, ubicada junto a un entorno de abundante vegetación acuática y cipreses. Allí, unos niños salvadoreños invitan a dar un paseo en bote mientras dan a conocer el origen volcánico de esta laguna que está inserta en un cráter.

Un destino diverso y con tantas posibilidades como una se pueda trazar. El Salvador es un destino que merece ser sacado a la luz.

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