Puerta sur del desierto más árido del mundo, la Región de Atacama tiene en sus costas las mejores playas del país, una extensa reserva marina y miles de hectáreas de áreas protegidas con un hermoso acceso al mar, que acá toma un color turquesa y es acompañado de suaves arenas blancas. Recorrimos la costa de punta a punta y descubrimos por qué la región es uno de los destinos más cotizados del país.

 

De los 5 parques nacionales que existen en la Región de Atacama, 3 se encuentran en la costa, incluida una reserva marina que cobija al 43% de la población de pingüinos de Humboldt del mundo. Y aunque todos los parques solo ocupan el 2% del territorio, albergan un 40% de las especies en peligro de extinción. Invitados por Sernatur Atacama, hicimos un recorrido de extremo a extremo por el camino costero. Parques nacionales, playas inmejorables y una ruta por olivos de más de 450 años.

 

Parque Nacional Pan de Azúcar

En el extremo norte de la región y compartiendo territorio con la zona sur de Antofagasta se encuentra el Parque Nacional Pan de Azúcar, el parque más visitado de Atacama. Se ubica en la comuna de Chañaral y tiene un total de 43.754 hectáreas.  Le debe su nombre a los navegantes ingleses, que traían con ellos sus panes de azúcar con forma triangular, muy parecido a la forma de la Isla Pan de Azúcar, a la que se puede acceder navegando durante 20 minutos y donde se pueden ver lobos marinos, pingüinos de Humboldt, piqueros, chungungos y más. Fue además la primera isla en ser incluida en una cartografía de navegación en Chile.

 

Entrada al Parque Nacional Pan de Azúcar

El parque fue creado en 1985, luego de que la corporación de desarrollo de Chañaral levantara la solicitud de tener un parque nacional y proteger las especies que allí se encontraban, pero no fue sino hasta la década de los 90’ cuando se creó formalmente. Fue el primer parque nacional de Chile en tener energía fotovoltaica. Es un lugar ideal para la práctica de trekking, senderismo, ciclismo, pesca y buceo recreativo, y donde se pueden apreciar guanacos, zorros y más de 20 tipo de especies de cactus, gran parte endémicos. Tiene también senderos que conducen a espectaculares miradores, el más alto a 800 msnm, además de un sendero inclusivo para personas no videntes, con instrucciones en braille y herramientas para la guía.

El parque cuenta con una acogedora caleta, con tres restaurantes. Uno de ellos, El Changuito, donde se puede disfrutar de la pesca diaria con diversos acompañamientos. En él trabaja Paulina Cisternas, la alcaldesa de mar y encargada de permitir o rechazar las salidas de pesca, dependiendo de las condiciones del agua. Lleva cinco años en el cargo y asegura que se ha tenido que enfrentar con casi todos los trabajadores por no permitir algunas salidas. «Lo que pasa es que ellos son muy atrevidos y no miden los riesgos», dice. Antigua aduana -fue el primer puerto nacional en exportar cobre hacia afuera-, tiene además zonas de camping y una tranquila playa para el descanso.

 

 

Hoy el parque está amenazado por un proyecto de carretera que busca unir Chañaral con Taltal por la costa y que atravesaría gran parte del parque. El proyecto se encuentra en etapa de prefactibilidad técnica y de ser aprobado estaría lista en 2020. «No sé para qué eligen proteger un lugar si después lo van a intervenir de esta forma. Tendría un impacto muy fuerte para todas las especies», dice José Luis Gutiérrez, guardaparques del lugar. Por eso, se busca reunir más de 150 mil firmas para paralizar el proyecto. El parque tiene un costo de $1.500 para niños y $3.000 para adultos, tiene cuatro zonas de camping, cabañas y se puede visitar durante todo el año. Se ubica a 30 kilómetros al norte de Chañaral.

 

Parque Nacional Llanos de Challe

 

 

 

Más hacia el sur y por el camino costero, a casi 150 kilómetros al sur de Copiapó, se encuentra el Parque Nacional Llanos de Challe, uno de los mejores lugares para apreciar el desierto florido cuando éste se da. Tiene 45.708 hectáreas y es el hábitat de la formación vegetal denominada Desierto Costero de Huasco, que cuenta con una gran variedad de especies, muchas de ellas endémicas. Una de las flores más representativas del lugar es la Garra de León, para muchos la más rara de Chile, que además de ser endémica es la más protegida del parque y se puede apreciar cuando de los áridos suelos emerge el desierto florido -tiene que llover arriba de 30 milímetros para que florezca.

El parque cuenta con 11 sitios para camping y tiene la segunda mayor población de guanacos de Chile, con más de mil ejemplares contabilizados. También se puede encontrar el gato Colo Colo, el zorro culpeo y chilla, y aves como el tucúquere, halcón pergrino o cóndor. Su nombre significa ‘lugar de piedras blancas’ y se lo puso el arqueólogo Francisco Fernández, por la cantidad de piedras de ese color que encontró en la cima de uno de sus cerros. Uno de los puntos destacados del parque son sus playas. Su principal, Playa Blanca, está dentro de las 10 mejores de Chile: finas arenas blancas estilo caribe y mar turquesa de suave oleaje. Cuenta con un total de cuatro senderos, que van desde los 2,5 a 11 kilómetros. El Cerro Negro, desde donde se puede ver la camanchaca que se forma en sus faldas, es otro de sus imperdibles.

 

Aunque no tiene la popularidad de Pan de Azúcar y es un tanto desconocido dentro del circuito costero de Atacama, el parque recibe a seis mil turistas por año, pero se multiplica al presentarse el desierto florido. «Durante el último desierto florido llegaron más de 12 mil turistas», dice el guardaparques Sergio Araya, mientras explica que después de los chilenos, son los alemanes y franceses los que más visitan la zona. «A ellos les gusta este tipo de turismo», dice. El parque se creó en 1994 con el objetivo de preservar y conservar las especies de la zona. Es considerado patrimonio ecológico y lugar de interés científico. Se llega a través de la ruta costera C-360, a unos 40 km de la Guardería de los Pozos.

Ruta de los olivos centenarios

 

 

Siguiendo hacia el sur está la provincia de Huasco, una de las tres provincias junto a Copiapó y Chañaral. Allí, en Huasco Bajo, un verde valle rompe la monotonía del desierto y el río Huasco riega todo el suelo, permitiendo la floración de verdes árboles y arbustos. En ese lugar, Daisy Rojas, junto a su marido Carlos, han dedicado la mayor parte de su vida a la fabricación de aceites de oliva y a realizar la Ruta de los Olivos Centenarios, un recorrido de una hora por el terreno del matrimonio, con olivos de más de 450 años y donde se vende tanto el aceite como las olivas. Los olivos más grandes se venden para la mesa, mientras que los más chicos son destinados a la fabricación del aceite.

 

Olivo de 400 años

 

Son seis hectáreas y más de 600 olivos, todos centenarios. Daisy nos explica que los olivos se empiezan a torcer a partir de los cien años y entre más torcido el árbol, más antiguo es. Acá están los olivos más antiguos del valle y desde aquí se empezaron a esparcir a todo el país. La historia cuenta que Pedro de Valdivia llegó a este lugar con plantas de olivo para pacificar una zona convulsionada por un Diego de Almagro que mantenía una tensa y belicosa relación con los locales. El primer olivicultor de la zona fue el abuelo de Daisy, quien nos cuenta que una vez invitó al entonces presidente Carlos Ibáñez del Campo y le comentó que «este era el futuro de esta zona».

 

La pareja recibe a turistas locales y extranjeros, sobre todo europeos. El recorrido tiene un costo de $5.000 pesos por persona y menores hasta los siete años no pagan el ingreso. Es un momento de relajo, una caminata bajo la sombra de árboles de casi 500 años y luego Daisy nos dice que abracemos los árboles para sentir su energía centenaria. Y antes de irnos nos explica: la oliva es el fruto del olivo, 100% natural. Cuando se le echa agua o pasa por algún proceso, se empieza a llamar aceituna.

 

Caleta Chañaral de Aceituno

 

En el extremo sur de la región, casi en el límite con Coquimbo, se encuentra la caleta Chañaral de Aceituno, punto de partida para quienes quieran visitar la Reserva Nacional Pingüino de Humboldt, reserva que cobija al 43% de la población mundial de esta especie, además de chungungos, lobos marinos, yecos y más, además del avistamiento de delfines nariz de botella, oscuros de Risso, ballenas jorobadas, fin, azules y orcas, aunque estas últimas menos probable.

Estamos justamente en el día en que se inaugura la temporada de avistamiento de cetáceos. Las autoridades hacen una ceremonia en la caleta. Aunque se pueden ver ejemplares de ballenas y delfines durante casi todo el año, es durante los meses de diciembre y marzo cuando se presenta el mayor número de avistamientos. «Estamos muy felices de inaugurar la temporada de cetáceos. Los chilenos siempre van a Argentina a ver ballenas, a Puerto Madryn, pero no saben que acá está el paraíso. Invitamos a todos los chilenos a conocer esta parte de su país», dice César Orellana, alcalde de Freirina. Con un costo de $10.000 pesos por persona, es el lugar más barato en el mundo para el avistamiento de cetáceos.

Desde la caleta a la Isla Chañaral, donde se ubica la reserva, son cerca de 10 kilómetros, que se completan en unos 30 minutos. Eso sí, la salida puede durar hasta dos horas, dependiendo de la suerte. Los guías nos explican que hay que guardar silencio absoluto, mientras en el mar buscan los soplidos de las ballenas, la alerta de que están por el lugar. Primero, un grupo de 10 delfines empieza a saltar cerca del bote. El guía nos dice que están jugando y que les gusta mostrarse, por lo que se les puede fotografiar con facilidad. Luego, a lo lejos, un soplido alerta a la tripulación. Una ballena fin está rondando. Apagamos el motor y guardamos silencio. Esquiva para las fotos, pero dejándose ver a rato, la ballena hace un paseo rodeando la embarcación y luego se sumerge para no volver a salir.

La caleta cuenta con 36 botes autorizados que se distribuyen en cerca de seis empresas que prestan el servicio. En la isla también se puede realizar buceo deportivo, con sumersiones hasta los 15 metros. La caleta cuenta con agradables restaurantes que preparan la pesca del día y en todos lados se pueden ver fotos y figuras de las ballenas: son sus embajadoras hacia Chile y el mundo. Y para asegurarle a todos que ver a las ballenas no es cosa de suerte, Roberto Marín, alcalde de mar de la caleta, hace un llamado: «este es un lugar increíble. Hay un 95% de probabilidades que quien venga, vea una ballena o delfines. Dicen que la ballena fin no salta, ¡yo la he visto saltar! Hay que venir y dejarse llevar por este lugar».

 

 

Total
918
Compartido

Inscríbete a nuestro newsletter

Recibe semanalmente nuestra última edición + beneficios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*