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Por momentos pierdo el aliento. Debo apartarme a un costado del sendero por el que subo, para ceder el paso a otras personas. Cuento uno a uno los escalones desde que comencé el ascenso, y llevo 543. Aún faltan 457 para recorrer los mil que la oficina de turismo local asegura me llevarán al castillo de Palamidi, localizado en la cumbre de un monte a 216 metros de altura. Estoy a medio camino, pero la vista que obtengo del mar y de la ciudad de Nauplia -que se extiende a mis pies- ya es digna de una postal. Imagino el paisaje que me espera al finalizar el recorrido y me resulta suficientemente inspirador para recuperar mis fuerzas y continuar mi ascenso mientras sigo contando, uno a uno, los peldaños.

 

Un origen mitológico

Es un deber remontarse a la antigua mitología cada vez que se visita Grecia. El país europeo dejó un legado con una civilización tan grande que, a más de dos milenios de su apogeo, sigue siendo considerada una de las más relevantes en la historia, y que los helenos de la actualidad presumen orgullosos.

Nauplia no es la excepción, y sus habitantes encuentran sus orígenes en Nauplio, un nieto de Poseidón quien no sólo habría fundado la ciudad que lleva su nombre, sino que también fue el descubridor de la osa mayor, un gran navegante que participó con los argonautas en la búsqueda del vellocino de oro, y el rival de Agamenón en la guerra de Troya.

Más allá de la mitología, la ciudad -que domina el Golfo Argólico- siempre ha rendido honores a su abuelo sobrehumano, manteniendo una relación especial con el mar y conllevando un papel relevante en la historia que la llevó a convertirse en la primera capital de la Grecia moderna. Nauplia se ha convertido en un lugar cuyas buenas conexiones de transporte con el resto del país y un clima cálido atraen visitantes locales y extranjeros durante todo el año.

 

De plaza en plaza

El viaje a Nauplia desde la estación de buses de Atenas atraviesa de norte a sur la región del Peloponeso, y termina a pocos metros de la plaza de los Tres Almirantes. El lugar está enmarcado por edificios neoclásicos y tiene en su centro una estatua del Rey Otto. Ésta se levanta en el punto donde, hasta 1929, hubo un palacete real que desapareció tras un incendio. A mano izquierda de la explanada, el Megalos Dromos, la calle más importante de la ciudad, encamina hacia centro histórico.

Mi siguiente parada es la plaza Syntagma, o plaza de la Constitución. De dimensiones mucho más reducidas que su equivalente ateniense, el lugar es todo un ejemplo de la multiculturalidad de este puerto que, desde la Edad Media hasta la independencia de Grecia, pasó por manos bizantinas, venecianas y otomanas.

Dos edificios lucen aquí: el antiguo arsenal veneciano que hoy funciona como museo arqueológico y en cuyo interior se pueden apreciar piezas de antiguas ciudades de todo el sur del Peloponeso. Una zona donde florecieron urbes como Micenas y Epidauro; El segundo de ellos está en frente y es la Mezquita Turca, construida alrededor de 1500 y que muestra el alcance que el islam llegó a tener en Europa. Hoy aloja un sinnúmero de eventos culturales.

Al salir de Syntagma, camino por un puñado de calles que cruzan toda la zona. Las más importantes están llenas de pequeñas tiendas que son una delicia para los los amantes del shopping, y de pequeños restaurantes familiares que, más adelante, deleitarán mi paladar con los sabores marinos y el café griego al atardecer. Antes, me dirijo al final del camino hasta encontrarme cara a cara con el mar.

 

La pequeña fortaleza

A lo largo de la costa se pueden ver desde antiguos cañones apuntando a enemigos invisibles, hasta los hoteles más lujosos de la ciudad. Es inevitable que todo esto quede en segundo plano tras descubrir el fotogénico islote de Bourtzi, justo en medio del golfo.

La isla no tendría mayor atractivo de no ser porque en 1471 los venecianos construyeron en ella una fortaleza que cubre toda su extensión. Hace tiempo que Bourtzi perdió cualquier uso militar y aunque fue durante un tiempo hotel y restaurante, hoy es una atracción turística y el símbolo de la ciudad.

Su construcción se forjó a sabiendas que los grandes barcos no podían llegar a ella, pero hoy existen dos pequeños botes que hacen el viaje al islote en intervalos de 20 minutos. Siendo que el recorrido de ida y vuelta toma dos minutos en cada dirección, queda un cuarto de hora para visitar la fortaleza junto al grupo que se acumula a la espera de la salida de la embarcación. Ingresar a Bourtzi es gratuito, mientras que el traslado cuesta cuatro euros.

Antes de ser hotel, la fortaleza tuvo otra curiosa función. Fue el hogar de una persona a la que nadie querría como vecino: el verdugo de los prisioneros del castillo Palamidi, cuya subida emprendía al empezar esta crónica.

 

El fin del esplendor veneciano

Finalmente logro conquistar las escaleras que llevan a Palamidi, sin estar seguro de que se cumpliera aquella promesa de los mil escalones, pues mi cuenta resultó diferente. De cualquier manera, el estar en la cima lo vivo como un triunfo y, tras pagar los cuatro euros de entrada, compruebo que efectivamente las vistas desde la cima son dignas del esfuerzo. Ante mis ojos la ciudad y el mar se complementan en perfecta armonía.

Al igual que Bourtzi, Palamidi fue construida por el ejército de la República de Venecia entre 1711 y 1714, un tiempo que resulta impresionante para un edificio tan complejo en cuanto a su arquitectura. La fortaleza no sólo es considerada una brillante obras de construcción veneciana fuera de sus fronteras, sino que también es una que marca el inicio de su decadencia, pues tan sólo un año después de su conclusión fue capturada por los turcos y la milenaria república empezó a perder territorios, entró en crisis y desapareció. Así, Nauplia presume la última gran obra de uno de los más importantes imperios de la historia.

Pasear por la inmensa fortificación puede tomar horas, mientras se contemplan las muy bien conservadas murallas, torres y habitaciones que permiten viajar en el tiempo. Se puede recorrer sólo la sección norte, que es la mejor conservada y más visitada, o alejarse de los turistas en la sección sur, dónde las plantas que crecen entre la roca natural hacen que uno se sienta la única persona en la zona.

Encontrar un lugar donde sentarse a disfrutar de la brisa marina y del sol reflejado en el azul turquesa de las aguas del golfo no implica ninguna dificultad. Lo complicado es no olvidar el paso del tiempo y la necesidad de emprender el descenso antes de la hora de cierre.

Me queda poco tiempo antes de tomar el último bus de vuelta a Atenas, pero es suficiente para caminar por la Acronauplia, un antiguo castillo conservado solo en parte y cuyas murallas alguna vez resguardaron todo lo que fue la Nauplia primigenia. Sus calles retorcidas y su altura en una colina elevada sobre el resto de la urbe permiten varias buenas vistas de los tejados de la ciudad y del golfo desde donde Poseidón cuida a sus bisnietos.

Los dioses antiguos siempre están presentes, pero esto no impide que lugares como Nauplia rompan con los tópicos, demostrando que Grecia tiene mucho que ofrecer más allá de los mármoles de su etapa clásica.

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