Sin lugar a dudas viajar a Tailandia y no visitar a los elefantes es desde cualquier punto de vista una contradicción ontológica, por ello fue una de las actividades que nos tomamos de forma seria y averiguamos todo antes de llegar allá. Nuestros contactos concordaban en lo importante que era reservar esta experiencia con antelación, y tenían razón: nosotros lo hicimos 2 meses antes aproximadamente y ya estaban copadas gran parte de las fechas para los días en que estaríamos allá. La organización que elegimos para esta experiencia fue Elephant Nature Park (https://www.elephantnaturepark.org/), la  cual rescata y rehabilita elefantes, lo que ha dado como fruto una próspera manada, que vive feliz en la reserva.

En esta institución existen dos tipos de tour, unos que son en el parque mismo por medio, uno o dos días, y otros tours por el día en otras locaciones en cooperación con lugareños de Chiang Mai, decididos a dejar de arrendar sus elefantes a la industria del trekking, comprometiéndose a cuidar de ellos en sus hogares con el apoyo de Save Elephant Foundation y poder así quitar la silla de sus espaldas, para que puedan vagar libremente en su hábitat natural sin ser montados. Lo que realiza la organización es educar y premiar a aquellos lugareños que dan un buen cuidado a sus elefantes. La verdad que es muy difícil, por no decir imposible, el llegar a ver un elefante en libertad, pues todos pertenecen a alguien. Allá se crían elefantes tal como alguien cría una vaca o un caballo y son los mismos lugareños los que se venden o intercambian a estos animales.


Aun cuando por los videos que ellos postean en su sitio nos hacíamos una idea de la experiencia, todo lo vivido es difícil de poner en palabras tanto por su belleza sobrecogedora como por la magia de estar con esos enormes elefantes asiáticos, los cuales pueden alcanzar los dos metros de altura, seis metros de largo y los 5.000 kilos de peso.

El tour elegido fue uno llamado Elephant Trails, que no es dentro del parque, sino en una finca en medio de la selva de Chiang Mai. La experiencia comienza con una van que te recoge en tu hotel en el centro de Chiang Mai a eso de las 8 de la mañana. En aproximadamente 1:30 horas ya estábamos en el lugar, un lugar para nada ostentoso, de hecho era más bien rústico. Nuestro grupo era pequeño, solo 12 personas (4 israelíes, 2 búlgaros, 2 alemanes, 2 estadounidenses y nosotros, 2 chilenos), un grupo justo para poder disfrutar la experiencia a concho. Ellos por su parte, eran 5 elefantes de distintas edades.

Desde el momento del encuentro en adelante fue todo pura magia. Ellos vagaban libres por el cerro cuando los llamaron advirtiéndoles de nuestra llegada. Los 5 aparecieron de un sopetón. Hermosos animales que cuando te miraban sentías un amor y una sabiduría infinitas. La más chiquitita, Nina, de cuatro años, solo quería jugar y comer, pero Sky, el segundo en edad (el adolescente) no la dejaba hacer ni lo uno ni lo otro.

El tour partió con nosotros alimentando a los elefantes con bananas, para lo cual nos regalaban una bolsa llena de ellas a cada uno. Ellos, muy acostumbrados a esta dinámica pedían más y más bananas. Era divertido sentir cómo curvaban sus trompas o aspiraban con ellas para agarrar lo que les dábamos, eran como aspiradoras inmensas. Y de ahí se lo llevaban a la boca. Era difícil no estar nervioso al comienzo, pero más temprano que tarde te vas sintiendo más y más cómodo con ellos, tanto así que hasta en la misma boca llegué a alimentar a uno.

Luego vino la caminata. Subimos una colina con ellos. Al principio estuvimos con Nina, la más pequeña, pero todos querían estar con ella, así que rápidamente cambiamos y nos fuimos con la mayor de todos, que estuvo con nosotros todo el resto del viaje. Ella tenía 45 años y era la más paciente de todas, le gustaba mucho que la acariciaran, y posaba para las fotos, todo un desplante la chica. Luego de eso vino el momento de las fotos, a la vez que aprovechaban de comer de los árboles y rascarse contra ellos. Luego la caminata continuaba por un riachuelo para finalmente volver al lugar donde iniciamos. Ahora era nuestro turno de comer.

Nuestra comida fue un buffet tailandés con variados platos entre los que había papas fritas para los más mañosos. Para beber, té thai. Todo muy sabroso. Nos dieron aproximadamente una hora para comer y conversar animosamente con nuestros 10 compañeros y las cosas que cada uno contaba de sus viajes y sus respectivos países.

La tarde fue el momento de poner manos a la obra y ensuciarnos. Primero vino el barro: para esto nos pasaron ropas y gorros especiales de forma tal que pudiésemos embarrarnos tranquilos. Lo que debíamos hacer era tomar barro y embarrarles los lomos, algo así como una exfoliación. Esta parte fue muy divertida pues no solo se embarraron los elefantes sino nosotros con ellos también. Luego de esto pasábamos a una laguna para, como es obvio, sacarse todo el barro de encima. Fue el momento de mayor relajo tanto para ellos como para nosotros. Tan relajados estaban que teníamos que tener cuidado de que uno de ellos no se echara encima de nosotros. Nos pasaron unas jarras y los cuidadores iban con cepillos y los cepillaban mientras nosotros les sacábamos el barro y los dejábamos relucientes. Fue un momento simplemente inolvidable. En definitiva al parecer pagamos por regalarles un día de spa a estos bellísimos amigos.

A eso de las 19 horas estábamos de vuelta en nuestro hotel, listos para comer algo, recordar y comentar lo bello de la experiencia y prepararnos para visitar la gran feria nocturna de Chiang Mai, otro imperdible de la ciudad.

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