IMG_2775

Cada vez que digo que me voy de vacaciones a Arica la gente me pone cara de lata o, derechamente, me preguntan por qué querría pasar mis valiosísimas semanas libres en “una ciudad tan fea”. Y eso, para mí, es como si a un fanático religioso le insultaran a su dios.

Tenía nueve meses la primera vez que pisé la ciudad donde he pasado los mejores veranos de mi vida. Allí vive mi abuela, en una enorme casa que aún conserva sólo para recibirnos a nosotros. Allí está la playa más linda de Chile y también el estilo de vida que cualquiera querría tener. Todo esto me hace sentir un poco ariqueña de corazón.

Amor infinito a la rutina

El día a día transcurre tranquilo en Arica, como buena ciudad de región. Y eso es, precisamente, lo que enerva a los santiaguinos, pero lo que a mí más me gusta. El comercio abre tipo once, cierra a las dos de la tarde y vuelve a abrir, con mucha suerte, a las siete.

De eso me aprovecho para planificar mi rutina diaria: levantarme a las 10, pasar dos o tres horas en el Chinchorro (mi playa favorita, donde la persona más cercana está a diez metros), almorzar, dormir unas siestas eternas y bajar a dar una vuelta al final del día.

Y esa es una de las partes más entretenidas de todas. Aunque la casa de mi abuela está a unos 20 minutos del centro, la caminata ni se siente. Y, si me canso, se me olvida cuando me cruzo con el primer carrito de yoguis (una vienesa con queso envuelta en masa de wafle) y más aún cuando entro a los alucinantes galpones y me pierdo entre sus estrafalarios cachureos durante horas, inventando motivos para comprar un sacador de cuescos de aceituna, simplemente porque “algún día me puede hacer falta”.

También descubrimos

En los últimos años, con mi familia hemos decidido ir a pasear a lugares nuevos cerca de la ciudad. Y así nos encontramos, por ejemplo, con el Santuario del Colibrí de Azapa, un terreno enorme donde la señora María Teresa ha creado el hábitat perfecto para congregar a decenas de picaflores de Arica, una especie en extinción.

Así también empezamos a hacer de la caminata a Liserilla un paseo obligado. Dejamos el auto en la playa Corazones y caminamos un par de kilómetros entre cuevas, angostos caminos y barrancos hasta llegar a una increíble playa rocosa donde sólo somos nosotros, los cangrejos y los lobos de mar gritando desde los islotes cercanos.

Arica es el lugar donde jamás me cansaré de la rutina; es el cuculí que canta cuando duermo siesta; es saludar a Jonás, el picaflor que todas las mañanas llega a darse vueltas por el jardín de mi abuela; es un galpón lleno de cachureos en el que me puedo perder una tarde entera y salir con bolsas y bolsas por sólo $5.000. Arica es el único lugar en el mundo donde no sólo descanso el cuerpo, sino también la cabeza.

Autora: Valeria Villalobos

Faro Travel

Inscríbete a nuestro newsletter

Recibe semanalmente nuestra última edición + beneficios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*